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España no es lugar para casarse

El turismo de bodas pasa de largo por una burocracia poco receptiva con parejas extranjeras

Carolina y James a la entrada de un hotel de Marbella, el día de su boda
Carolina y James a la entrada del hotel Vincci Aleysa de Benalmádena, el día de su boda.

Carolina Escudero-Spelling nació mirando al Mar Caribe, en la ciudad colombiana de Barranquilla, pero 30 años después, el día más importante de su vida lo pasó frente a otro mar, el Mediterráneo. Se casó en Marbella aunque vive en el sur de Londres con James, su marido, nacido en Reino Unido y criado en Suiza. “Escogimos España por el buen clima, la comida y porque tengo un hermano que vive allí”, dice.

Las razones para visitar España son variadas. Así lo muestran los 54,4 millones de turistas extranjeros que lo han hecho en los nueve primeros meses del año. Casarse no es aún una de las más populares: el trozo del pastel de España es tan minúsculo que no existen estadísticas al respecto pese a que el turismo de bodas movió el año pasado en todo el mundo en torno a 14.850 millones de euros, según datos del último congreso mundial de organizadores de bodas.

Las razones de que España, tercer destino turístico mundial tras Francia y Estados Unidos, no se haya sumado a la tendencia, hay que buscarlas en la falta de medidas para facilitar enlaces y en una burocracia poco receptiva. “En Florencia puedes casarte en la galería de los Ufizzi. En España no es ni remotamente posible algo similar”, dice Sira Antequera, creadora de SiQuiero!, dedicada a la organización de bodas desde hace 16 años.

Su empresa es una de las pioneras del sector en España y la mitad de los clientes son extranjeros, entre ellos Carolina y James. El factor administrativo es también disuasorio: uno de los integrantes de la pareja debe tener dos años de residencia en España para poder casarse por lo civil, una traba inexistente por el rito católico. “Dificulta que elijan nuestro país para casarse civilmente, ya que solo podemos hacer una ceremonia simbólica y no el vínculo legal como tal. Perdemos un porcentaje enorme de la cuota de bodas de destino en favor de otros países que no aplican tal exigencia”, añade Sira.

Florencia es precisamente uno de los grandes destinos de bodas en el mundo. El pasado año ingresó 100 millones de euros por este concepto, de los que se benefician hoteles, bares, comercios y transportistas. La ciudad italiana lidera este tipo de turismo junto a zonas como la Riviera Maya mexicana, receptora de muchas parejas procedentes de Estados Unidos, Hawai o Las Vegas. Atraer a las parejas homosexuales es el nuevo objetivo de muchos de estos destinos para seguir creciendo.

Carolina y James Escudero-Spelling, el día de su boda. ampliar foto
Carolina y James Escudero-Spelling, el día de su boda.

Algunas administraciones ya han visto en este tipo de turismo un filón por explotar. El cambio de la Ley de Costas este verano ya permite que se celebren enlaces en las playas de Canarias. “Este año tan solo hemos celebrado una, pero tenemos previstas tres sobre la arena para el próximo año”, explica Rocío Aparicio, directora creativa de la organizadora de bodas Alma Salada, con sede en las islas.

Para su celebración pagan al Ayuntamiento entre 50 y 70 euros por los trámites y abonan una fianza que puede rondar los 300 euros en la playa más cara, la de Las Teresitas, en Tenerife. “Una pareja puede celebrar una boda en la playa y hacer el banquete en una mansión del siglo XVII sin haber recorrido más de 6 kilómetros de distancia. O casarse en una isla y pasar la luna de miel en otra”, añade Gemma González, directora de Gabrielle Konnali, que también organiza bodas en Canarias.

En Madrid, la concejala de Ciudadanos Sofía Miranda propuso abrir el palacio de Torre Arias a la celebración de casamientos. “Viendo las cifras internacionales, el turismo que más crece es el de compras y el de bodas. En Italia nos llevan 20 años de ventaja”, defiende. El poder adquisitivo de las parejas que se casan fuera es alto y los invitados suelen alojarse en hoteles de cuatro y cinco estrellas, lo que supone una fuente de ingresos para los destinos que acogen el evento.

De las 158.425 bodas que se celebraron en 2014 en España —en el año 2000 eran 216.451, una caída del 27%—, 4.292 fueron parejas en las que ambos miembros eran extranjeros y 21.548 matrimonios mixtos (español y extranjero), si bien el dato no recoge la verdadera demanda: “Hay parejas que ante la cantidad de documentación exigida van al registro de su país, firman y cogen un avión para celebrar en España un evento con un maestro de ceremonias”, cuenta Gemma González, de Gabrielle Konali.

En ocasiones la demanda llega de españoles que viven en el extranjero y regresan para vivir aquí ese día especial. En otras, factores como la belleza del lugar, el clima o el ahorro se imponen. La fortaleza de la libra esterlina frente al euro fue uno de los motivos que llevó a Carolina Escudero-Spelling a casarse en Marbella hace apenas mes y medio después de plantearse Suiza como opción, el país donde creció su marido. “Me habría costado el doble que en España”, explica.

Gracias a la movilidad laboral y a la evolución del transporte, el matrimonio ya no está anclado a la iglesia del lugar de nacimiento o en el juzgado de la ciudad de acogida. “Vivimos en un mundo globalizado, las parejas son de diferentes países y ciudades, y es más fácil escoger un punto neutral. Ya no es como en la época de nuestros padres”, dice Carolina.

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