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Juncker dice adiós al club del euro

El primer ministro luxemburgués se despide hoy de su cargo como presidente del Eurogrupo tras ocho años

Jean-Claude Juncker.
Jean-Claude Juncker. EFE

“Sabemos qué hacer para salir de la crisis; lo que no sabemos es cómo ganar las elecciones después”. El autor de esa frase, el primer ministro luxemburgués Jean-Claude Juncker, se despide hoy de su cargo como presidente del Eurogrupo con una capacidad más que demostrada para ganar en las urnas (lleva 18 años al frente de su país), pero con resultados mucho más modestos en la gestión de la interminable crisis europea, en la que ha tenido un éxito muy dispar a la hora de equilibrar el irresistible y controvertido poderío de Alemania. Juncker dejará el Eurogrupo (la reunión de ministros de Finanzas del euro) en manos del holandés Jeroen Dijsselbloem si todo sale según lo previsto: Francia y algún otro país, como España, se resisten a darle un apoyo explícito, dentro de esa partida de ajedrez que es el reparto de los sillones fundamentales en las instituciones. Hosco y cortante en ocasiones, socarrón e histriónico otras veces, Juncker se va tras ocho años al frente del club de ministros del euro, en los que ha lidiado con una crisis mayúscula. Hace unos días dejó en el Parlamento europeo una especie de testamento político con algún que otro latigazo: “El ajuste ha sido impuesto por los países del Norte, cuando en Europa no puede hablarse de países virtuosos y países pecadores, y recae en los más débiles”. Se va Juncker, pero todo sigue igual: el Eurogrupo empezará hoy a debatir la recapitalización directa de la banca por parte del fondo de rescate, pero no se espera una solución hasta dentro de unos meses, en esa querencia tan europea por la patada a seguir en cualquier tema espinoso que pueda afectar a las elecciones alemanas del próximo otoño.

“Esto no es una decepción: Europa ha agotado ya su capacidad para decepcionarme”, dijo Juncker en una de sus últimas ruedas de prensa, de madrugada, cuando el euro se caía, justo antes del espejismo de tranquilidad en el que ahora se ha instalado. Con la política luxemburguesa no sucede lo mismo: se presentará a las elecciones una vez más, en 2014, y puede sumar casi un cuarto de siglo en el cargo.