Columna
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No somos iguales

Una de las características el PP doméstico es su gusto por la sinécdoque, esa figura retórica que consiste en tomar el todo por la parte, o viceversa. Desde que gobierna la Comunidad habla en su nombre, desdeñando las evidentes diferencias y discrepancias, como si la pluralidad social pudiese obviarse por más que los populares vengan revalidando la mayoría electoral, que ha legitimado su primacía política, sin duda, pero no el uso democrático que de ella han hecho, ni menos aún, la fatuidad que han venido desplegando hasta que los escándalos que pudren su gestión los han desacreditado de manera penosa y penal y a veces risible.

Esta semana, en las Cortes, el presidente Alberto Fabra, ha replicado a la oposición diciendo que, durante estos años pasados, "todos y cada uno de nosotros" habíamos vivido por encima de nuestras posibilidades. Con ello trataba de generalizar y desleír entre la colectividad las muy concretas acusaciones acerca del despilfarro y la corrupción de los sucesivos Gobiernos populares que han contribuido a las miserias que ahora nos abruman y que, al filo de los pronósticos económicos, nos espantan. Los aludidos parlamentarios exclamaron y nosotros reiteramos que "todos no" somos del mismo pelaje moral que los beneficiarios, agentes y delincuentes que han convertido un amplio sector de la derecha política en una ladronera vergonzante. Al pelo viene aquello de nosaltres no som d'eixe món, que cantaba Raimon.

Resulta asombrosa la ligereza y naturalidad con que los peperos valencianos se sacuden las responsabilidades, banalizando las culpas y apelando a la presunción de inocencia que, a la vista del hatajo de encausados, sugiere todo lo contrario. No han asumido, ni cabe esperar que lo asuman, que su partido representa en esta Comunidad la mayor y más mortificante quiebra moral de la política desde la transición, con el consiguiente desprestigio y risas mil que ello ha conllevado para el colectivo y marca valenciana. En este sentido, nunca pagará justamente el mal causado toda esa turba de cleptómanos que ha anidado en el seno del PP, así como quienes les han encubierto, pues de otro modo no se explican muchos de los saqueos y gravosos disparates.

Alfonso Rus, el presidente de la Diputación de Valencia y también del PP provincial, se quejaba estos días del olvido teñido de menosprecio en que Mariano Rajoy ha tenido a los cofrades valencianos a la hora de configurar su equipo de gobierno a pesar de los servicios rendidos a su persona. Algo que, digámoslo de paso, se constata al considerar la gran talla del citado político, perfectamente ministrable. Lo que éste soslaya es que en torno a su partido hay un sutil cordón regional sanitario. Al margen de la dudosa capacidad de sus miembros más descollantes, lo que hoy por hoy cunde por doquier es la sospecha de que cualquiera de ellos esté salpicado por un enredo y sea carne de trullo. ¡Son tan numerosos los empapelados! Rita Barberá y Emarsa, González Pons y Urdangarín... ¿Quién se salva?

Por si algo faltaba, ahí está, con toda su estela mediática, el dilatado juicio al expresidente Francisco Camps y el exsecretario general del PP valenciano, Ricardo Costa. Un recordatorio diario de este episodio patético, por miserable, que viene a ser la guinda de un pastel infame en el nada tiene que ver la mayoría de los valencianos, sí la mayoría, que aguanta este bochorno y que acaso no sea mejor, pero es -somos- diferente.

* Este artículo apareció en la edición impresa del domingo, 22 de enero de 2012.

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