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Análisis:EL ACENTO

La rondalla de los 'mossos'

Un grupo de Mossos d'Esquadra recibió en Lloret de Mar el pasado sábado al presidente de la Generalitat, Artur Mas, enarbolando banderas constitucionales y cantando ¡Que viva España! Los recortes salariales de la Generalitat a los funcionarios fueron el aglutinador de esa improvisada rondalla policial, que pretendía con su actitud tocar lo que más molesta al Gobierno nacionalista catalán: la identidad. Algunos creyeron ver en esa actitud policial una suerte de finis Cataloniae. ¿Cómo era posible que los mossos, "nuestra policía", dejase sus signos distintivos para entregarse al canto y a la simbología del "opresor"? Si eso era el colmo, ya resultaba completamente insoportable la decisión de algunos colectivos policiales de utilizar el castellano como lengua de comunicación prioritaria y, solo si el ciudadano se lo solicitaba, el catalán.

Ante tal afrenta, el propio Artur Mas advirtió que no se debía jugar con el ADN del país. Y Jordi Pujol subió la apuesta al asegurar que protestar por los recortes en castellano era una actitud "penosa y desacertada".

La pasión por las formas parece perder al nacionalismo conservador catalán. Incluso el consejero de Interior, Felip Puig, se declaraba feliz el domingo de la vuelta al tono casero: los mossos que protestaban lo recibieron con gritos en catalán. La impagable vuelta al hogar.

La decisión de la policía catalana ha hecho correr ríos de tinta y de indignación, pero afortunadamente las aguas han vuelto a su cauce. Cataluña vuelve a su lugar en el concierto de las naciones. Es la comunidad que pagará el IRPF más elevado de España y uno de los más altos de Europa -codo con codo con Suecia-; cuyos ciudadanos abonarán un euro por receta médica; con un desempleo que supera el 19%; y un funcionariado que sufrirá un tijeretazo salarial de 650 millones de euros.

En definitiva una comunidad ante un futuro bastante más que negro, pero que tendrá la suerte, en cambio, de que los mossos no protesten en castellano. Tampoco los oirá volver a cantar el celebérrimo pasodoble ¡Que viva España!, obra, por cierto, no del macizo de la raza, sino de dos belgas de habla flamenca y seguramente seducidos por el sol que en los años setenta ofrecía Lloret de Mar.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 17 de enero de 2012