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COLUMNA

Ahorrador

El cambio de gobierno ha repercutido también en el vocabulario de la crisis. "Despilfarro" se ha convertido en uno de los términos más populares y entrañables entre nuestros cargos públicos. Funciona, eso sí, como un anatema autosuficiente, sin engorrosas oraciones subordinadas que, de lo contrario, lo identificarían con el esfuerzo del Estado para sostener los servicios públicos, dependencia, educación, sanidad. Voy a pasar por alto estas menudencias, para contar la historia de un ejemplar empresario español.

¿Quieren saber ustedes lo que es ahorrar? Este señor tiene una empresa de construcción que contrata, preferiblemente, a inmigrantes del Este de Europa. Como, aparte de ahorrador, es muy emprendedor, su empresa ofrece servicios de vigilancia para cubrir los fines de semana en almacenes de materiales y obras suyas, o de la competencia. ¿Genera, por tanto, riqueza, ilusión, puestos de trabajo? Yo diría que no, porque sus trabajadores se ven obligados a trabajar los siete días de la semana, como obreros de lunes a viernes, como vigilantes sábados y domingos. ¿Por qué? Porque si no, se van a la calle. ¿Este extenuante, e ilegal, ritmo de trabajo enriquece al menos a sus víctimas? Tampoco, porque les paga la mitad del sueldo, cuatro horas en lugar de ocho, y los fines de semana al mismo precio que los días laborables. ¿Por qué? Porque si no, se van a la calle.

Les prometo con la mano en la Constitución que esta historia no me la he inventado yo. No puedo escribir aquí, sin embargo, el nombre de este modélico empresario, porque la chica rumana que me contó en qué condiciones trabajaba su novio, no quiso decírmelo. ¿Por qué? Porque temía que si yo lo publicaba, él se fuera a la calle. Pero espero que, hasta sin ese dato, los enemigos del despilfarro se hayan emocionado con su ejemplo. Desde luego, no se puede pedir más.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 16 de enero de 2012