Tribuna:Diez años de la moneda únicaTribuna
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El motor de la integración

Con frecuencia se trata el euro como un tema aislado del proceso de integración europea, y se olvidan las razones de su existencia y el largo proceso que se recorre hasta su puesta en marcha. Para los europeístas, el mercado común e incluso el mercado único son pasos de una integración más ambiciosa. Desde el inicio se señala la necesidad de no utilizar los tipos de cambio como instrumento de política comercial. La puesta en marcha de un mercado único sin fronteras en 1992 y las insuficiencias del sistema de tipos de cambio fijo, pero ajustables, refuerza la idea de mantener la estabilidad de los tipos de cambio. Con el euro se culmina una etapa, no es un hecho aislado, sino la consecuencia necesaria de un mercado unificado permanente, aunque también la voluntad política de conseguir una entidad europea más visible.

La pervivencia del euro es el principal objetivo de la eurozona. Las demás decisiones se supeditan a él

La viabilidad de la moneda única y las condiciones para que fuera un éxito se debatieron hasta la saciedad durante décadas. Y es cierto que en Maastricht, al pactar la introducción de la moneda única, se apuesta por una opción política con una justificación económica: el mercado único exige estabilidad de tipos de cambio, pero lo acordado se basa en un equilibrio no bien definido entre una política monetaria (comunitaria) y una política fiscal (nacional) no necesariamente consistentes. El resultado fue criticado desde el inicio por el mundo económico por no cumplir las condiciones de un área monetaria óptima (movilidad de factores, precios y salarios flexibles y presupuesto común significativo).

La solución final respondió a la concepción alemana de una unión monetaria entre los países que alcanzaran un alto grado de convergencia económica, medido por los criterios de convergencia. No se incluyen mecanismos para corregir los desequilibrios que pudieran plantearse -la corrección corresponde a cada Estado miembro-, pero sí, lógicamente, una política monetaria única gestionada por un banco central independiente, cuya misión fundamental es garantizar la estabilidad de precios. La vertiente monetaria se compensa con una política fiscal basada en el pacto de estabilidad, al que se añade de forma nominal la idea de crecimiento (PEC). Tampoco se establecen instrumentos para actuar en caso de crisis. La coordinación de la política económica se conseguirá, de manera muy formal y poco eficiente, mediante la aprobación anual por el Consejo Europeo de las "grandes orientaciones de política económica". Institucionalmente no existe en el inicio un órgano político que se ocupe del euro. El Eurogrupo, creado posteriormente, es durante años una reunión informal de los ministros de economía de la zona euro.

Desde el inicio hay que aplicar de forma flexible lo pactado en Maastricht para hacer la operación viable. Para conseguir la masa crítica suficiente se aplican con alguna flexibilidad los criterios de convergencia (cálculo del déficit en algunos países, límite de deuda).

¿Con qué dificultades se encuentra la zona euro en su primera década? La política monetaria única no se adapta a las necesidades de las zonas periféricas. Los tipos de interés se fijan a niveles muy bajos -negativos, en términos reales, para los periféricos-, dado el poco crecimiento de los países centrales, consecuencia del proceso de reunificación alemán. La otra componente de la estrategia monetaria del Banco Central -el control cuantitativo- se aplicará también, con terminología del Banco, de forma "acomodaticia".

Tampoco está exenta de problemas la aplicación del pacto de estabilidad y crecimiento. El límite del 3% de déficit no se respeta tras la entrada en el euro por varios países. El bajo crecimiento (Alemania, Portugal) y la fatiga presupuestaria tras el esfuerzo para entrada en el euro (Francia e Italia) lleva a superar recurrentemente el límite a partir del 2001. La negativa del Consejo a aplicar los procedimientos del PEC a Alemania, Francia e Italia y la posterior sentencia del Tribunal de Justicia llevan a una modificación del pacto con cierta dosis adicional de flexibilidad en situaciones de baja actividad. Las modificaciones resultan insuficientes con la crisis. En todo caso, la negativa del Consejo a aplicar el pacto reforzó la deriva intergubernamental sobre la gobernanza del euro que ha adquirido mayor relevancia con la crisis.

Tampoco funcionó el diseño establecido para la coordinación de las políticas económicas. A pesar de la demanda recurrente de algunos países para establecer una mayor coordinación, la única aplicación del mecanismo previsto (en el caso de Irlanda) terminó en un fracaso, poniendo de relieve la dificultad de actuar en circunstancias normales sobre elementos de alta sensibilidad política nacional. Las grandes orientaciones de política económica pierden progresivamente su valor (competencia con las directivas de empleo, solapamiento con el proceso de Lisboa, desinterés de los responsables políticos sobre su aprobación y contenido) y serían sustituidas en parte por los Programas Nacionales de Reformas.

Pero ni esas desviaciones respecto al modelo ni la necesaria política monetaria expansiva del Banco Central a partir de 1999 se consideraron cruciales en estos años. Sí se destacaba de forma reiterada la poca competitividad de la economía europea por su menor productividad y la importancia de las divergencias entre países. Por ello se concluye normalmente que durante los diez primeros años del euro (1999-2009) se consigue un cierto éxito, a pesar de las dificultades del periodo (pérdida de valor inicial del euro y necesidad de intervención conjunta, crisis de las puntocom, impacto del 11-S, diferente efecto de la política monetaria, tensiones por la aplicación del PEC, etcétera). La situación cambia de forma radical con la crisis y se agrava a partir de principios de 2010, con los problemas de la deuda soberana. Ello ha llevado a afirmar que el diseño del euro solo permite funcionar en periodos de bonanza.

¿En qué medida es el euro responsable de la crisis? La crisis se origina en Estados Unidos, pero afecta más a Europa por la existencia de problemas propios, no todos ellos derivados del euro. Se suele hacer referencia a los desajustes fiscales, los déficits/superávits de cuenta corriente, el exceso de endeudamiento privado y el boom de vivienda en algunos países de la zona euro (pero también en Reino Unido), facilitado por los bajos tipos de interés y por la mayor integración de los mercados financieros, y finalmente, los problemas de un sector financiero que trabaja en un mercado europeo, pero regulado y supervisado a nivel nacional.

Políticas fiscales compensadoras y políticas de reforma más ambiciosas para mejorar la competitividad hubieran reducido el impacto de la crisis, pero no la hubieran evitado por el contagio de la crisis financiera y el menor crecimiento inducido, que afecta más a los países más dependientes de la financiación externa.

El diagnóstico de la crisis en Europa fue más tardío que en Estados Unidos, y también la adopción de medidas. Las críticas sobre la lentitud y la complejidad en la toma de decisiones son correctas, pero inevitables en el modelo europeo. Las soluciones alcanzadas para hacer frente en el futuro a los desequilibrios generados en la zona euro, los problemas del sistema financiero y la mayor coordinación de la política fiscal nos permiten cierto optimismo con vistas al futuro, siempre que seamos capaces de resolver de inmediato los problemas de deuda soberana...

El euro ha sido en la última década el motor del proceso de integración. Su supervivencia se ha convertido en el principal objetivo de los países de la zona euro. Las restantes decisiones en la Unión pasan a estar supeditadas a él, incluso pagando un precio tan alto como recurrir a complejos pactos intergubernamentales o provocar una ruptura en el seno de la Unión. Así tal vez se entiendan algo mejor los resultados de la última cumbre de Bruselas.

Pedro Solbes fue ministro de Economía entre 1993-1996 y entre 2004-2009

* Este artículo apareció en la edición impresa del 0031, 31 de diciembre de 2011.