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COLUMNA

Cutrerío

Anita Loos estaba convencida de cosas tan discutibles como que los caballeros las prefieren rubias, pero se casan con las morenas. También de algo estético, cínico o exclusivamente pragmático como que los diamantes son los mejores amigos de una chica. Cada una o cada uno se encapricha con lo que le da la gana. Por ejemplo, no es extraño que alguien dotado de buen gusto pierda la cabeza por los trajes (esa caída, ese corte, esa tela) que se inventa un genio de la elegancia llamado Giorgio Armani. Frecuentar ese estilo no solo es una cuestión de pasta. Los precios de Dolce&Gabbana son parecidos, pero yo solo puedo identificarlos en la versión masculina con tíos de los que me separa casi todo. Y con todo mi respeto hacia la marca Milano no puedo entender cómo un prócer de la cosa pública, ese individuo con apariencia de seminarista relamido llamado Camps, arriesga su populista carrera y su dudosa reputación, por una docena de trajes Milano. El pringue sería comprensible si a cambio Armani va a cubrir tu cuerpo incluso en el entierro, o si te va a dar el gustazo cada vez que te despiertes de observar un par de modiglianis en las paredes de tu dormitorio. Pero no sé, resulta un poco cutre venderse por tan poquita cosa cuando tienes tanto que perder.

Cuando estoy haciéndome estas livianas e inútiles reflexiones un amigo que posee cuchillas en el cerebro me reprocha que a pesar de mi provecta edad siga habitando en el limbo. Recuerda a mi indefendible inocencia que el ilustre Al Capone solo pisó el trullo por haber intentado escaquearse de Hacienda. También que por muy tonto que seas, si has trepado en la política hasta cumbres tan apetecibles, la corrupción tiene que estar amortizada hasta extremos tales que es imposible que los descendientes de tus descendientes pasen alguna vez privaciones económicas. Que si la punta del inalcanzable iceberg, que si esto, que si lo otro. Y por supuesto, desde el respeto absoluto a la presunción de inocencia y al sagrado veredicto de los infalibles jueces.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 18 de diciembre de 2011