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Editorial:

Un año de revueltas

La persistencia de la violencia dificulta las transiciones árabes a la democracia

El ejército egipcio desalojó ayer a los manifestantes de la simbólica plaza de Tahrir, dejando un balance de diez muertos y casi dos centenares de heridos. Los incidentes, que coinciden con el desarrollo del dilatado proceso electoral en marcha en Egipto, demuestran que las esperanzas de quienes consiguieron la huida de Mubarak están siendo defraudadas por las nuevas autoridades. La revolución egipcia fue posible porque el Ejército decidió no actuar contra los manifestantes; ahora ese mismo Ejército pretende limitar el alcance de la revolución, y de ahí la creciente desconfianza y los enfrentamientos.

Ha transcurrido un año desde que un humilde vendedor de frutas tunecino, Mohamed Bouazizi, se inmolara a lo bonzo para protestar contra la dictadura en su país. El gesto desesperado de Bouazizi desencadenó una formidable ola revolucionaria que derrocó al tirano de Túnez e inmediatamente después al de Egipto. A continuación, serían los de Libia y Yemen, y puede que no tarde en caer el de Siria, Bachar el Asad, donde la represión ha dejado más de cinco millares de víctimas. Un año es poco tiempo para saber cómo terminará un proceso que está remodelando por completo la realidad política de la región, y cuyas consecuencias sobre el equilibrio estratégico están lejos de haberse agotado.

Túnez ha celebrado las primeras elecciones libres de su historia, en las que los islamistas han conseguido una mayoría relativa sobre una constelación de pequeñas fuerzas políticas de diverso signo. Esta victoria ha producido inquietud pese a las declaraciones conciliadoras del nuevo presidente, Moncef Marzouki. No es la única esperanza el que Túnez logre establecer un verdadero sistema democrático. El modelo de transición diseñado tras la huida de Ben Ali prevé la apertura de un proceso constituyente del que habrá de salir una nueva Carta Magna, y en el que los islamistas están obligados a pactar con otras fuerzas para aprobarla.

Los islamistas también llevan la delantera en las elecciones egipcias, solo que, en este caso, y a la espera de que terminen las votaciones, los Hermanos Musulmanes y los salafistas podrían obtener la mayoría absoluta. A diferencia de Túnez, en Egipto existe cierta confusión acerca del modelo de transición previsto tras la caída de Mubarak. La Constitución vigente durante la dictadura fue objeto de mínimas reformas que permitieran mayor pluralidad, y el Ejército sigue desempeñando un papel excesivo que no parece que vaya a reducirse a la vista de acontecimientos como los que tienen lugar en la plaza de Tahrir. De confirmarse al concluir las elecciones, la rotunda victoria de los islamistas puede convertirse en un nuevo argumento, o en una nueva excusa, para que los cambios no vayan más lejos.

El futuro de Libia es una incógnita como consecuencia de las fracturas políticas y regionales causadas por la guerra civil. También el futuro de Yemen, aunque la oposición al régimen de Saleh no degenerase en un conflicto abierto. Si algo parece demostrar el año de revueltas vivido en el mundo árabe es que las dificultades a las que se enfrentan las diversas transiciones, cada cual con sus especificidades, se multiplican si la violencia hace su aparición. Esta constatación debería alentar una mayor implicación de las principales potencias en Siria antes de que el Ejército se fracture o de que algunos sectores de la oposición se dejen arrastrar a la resistencia armada. El Asad ha perdido cualquier atisbo de legitimidad para seguir al frente del país, y cada día que transcurre, cada nueva víctima que produce la represión, añade nuevas sombras sobre la inevitable transición.

Los ciudadanos árabes empezaron a reclamar hace un año su derecho a vivir libremente, y han recorrido un largo camino en esa dirección por más que se acumulen las dificultades y las incertidumbres, según se puede comprobar en Egipto.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 18 de diciembre de 2011