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Análisis:

Abucheo

Los abucheos a Zapatero el día de la Constitución confirman que para sus detractores siempre fue un usurpador. Ni siquiera la devolución del poder a sus legítimos propietarios calma a quienes fueron envilecidos por una transición de Gobierno en 2004 opuesta a la cortesía actual. Ver a políticos enfrentados compartir una cervecita te lleva a puntuarlos por encima de la gente, por una vez. No toda la gente anda en el esfuerzo abucheador y ahí tenemos a plataformas antidesahucio, iniciativas de albergue y defensores de los valores públicos supliendo al Estado donde este permite el desamparo de sus ciudadanos.

Entre los socialistas nadie menciona el proceso de primarias francés, que hubiera permitido a Rubalcaba, como a Hollande, presumir del voto libre de sus partidarios. Y a Carme Chacón le habría ahorrado la desacertada rueda de prensa de retirada de candidatura, que ahora tendrá que hacer olvidar para recuperar su proyección real. Algunos barones socialistas, o, mejor dicho, varones, han llegado a la conclusión de que los males del zapaterismo se resumen en apostar por gente con dos características sospechosas: juventud y feminidad. Las señaladas, Aído, Pajín o Sinde, al menos han defendido, frente a una oposición enconada, la reforma del aborto, la ley antitabaco o el control de descargas con más arrojo que muchos machotes políticos que se arrugan ante un editorial o tres tuits con mala leche.

Culpabilizarlas es ceder a una demolición calculada, que permitió usar sin escándalo la muerte de un hermano para herir a la ministra de Cultura bajo el anonimato de la Red o aquel reportaje de El Mundo donde a otra ministra en biquini se le urgían retoques a golpe de bisturí. Bajo el despiporre verbal de tanto falotertuliano, ojalá que Soraya o Cospedal no tengan que sufrir tan mostrenco escrutinio, aunque los debates sobre bajas de maternidad y métodos conceptivos no apuntan demasiado alto. Somos víctimas de un sesgo que pretende convencernos de que la prima de riesgo nos sería más propicia si Angela Merkel tuviera el aspecto de Inés Sastre. A veces nos merecemos nosotros el abucheo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 9 de diciembre de 2011