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Tribuna:

Por favor, señora Merkel

Primero fue Grecia. Bruselas tomó medidas drásticas, Grecia prometió enmendarse, se produjeron disturbios, se vio que la situación era peor de lo esperado y, finalmente, Alemania exigió que se hiciera una quita en la deuda pública griega.

Para que la quita no supusiera la quiebra del país por insolvente se disfrazó con la fórmula de que los acreedores, tenedores de deuda, la aceptaban "voluntariamente", acallando con ello las protestas del señor Trichet que, recordando sin duda lo que aprendió en una de sus primeras lecciones de economía, imaginaba las consecuencias futuras de semejante medida habida cuenta de que Grecia, solvente o no, era parte de la UE y su moneda el euro.

Enseguida se puso de manifiesto un problema adicional o, mejor dicho, dos: en primer lugar, si Grecia necesitaba de una quita del 50% (las previsiones iniciales, más modestas, pronto se superaron), España, Italia, Portugal, etcétera necesitarían también hair cuts, al fin y al cabo todos son países de la UE con la misma moneda y parecidos problemas. Esto no hace falta que lo diga Bruselas o el FMI, lo dijo enseguida el mercado que procedió a depreciar sistemáticamente la deuda de todos los países "periféricos".

No se puede pedir a los países 'periféricos' que se financien al 6,5% y que Alemania lo haga al 1,5%

El problema es que el Estado no está en condiciones de endeudarse más

Surge entonces el segundo problema, los principales tenedores de deuda pública son los bancos que la utilizan sobre todo para cubrir sus riesgos de interés, ya que la deuda pública, considerada como el activo más seguro, no requiere aportación de capital. Todos los demás activos de un banco deben computar más o menos para determinar el capital necesario, según el riesgo que se supone que tienen. La consideración de la deuda pública como activo carente de riesgo para los bancos del país que la emite es, por tanto, un principio básico en la regulación de una economía de mercado.

Pero si se produce una reestructuración en la deuda pública, una quita, los bancos tenedores pueden sufrir grandes pérdidas, en muchos casos superiores al capital social. Pues bien, habrá que recapitalizarlos, deciden entonces los economistas de Bruselas o quienes les dan las órdenes y mejor antes que no cuando ya estén técnicamente en quiebra, una vez decididos los recortes en las varias deudas soberanas merecedoras de tal medida. Pero claro, ¿cómo se consiguen las nuevas y cuantiosas aportaciones de capital? No de los accionistas que ven que las acciones en circulación valen cada día menos. Tendrá que ser el Estado el que entre como accionista en los bancos. ¿Con qué fondos? Con los que obtenga de la emisión de más deuda pública. Pero el problema es que el Estado no está en condiciones de endeudarse más. Bastante tiene ya con ir pagando, o renovando lo que debe, a sus vencimientos. En el concierto de voces que se alzan ante esta situación, encabezado por Alemania con el apoyo de la nueva directora del FMI que abogan por la recapitalización bancaria, se escuchan también algunas protestas de los que consideran que nuestros dirigentes han perdido el rumbo y todo esto es un disparate.

Si se acepta que la deuda soberana emitida en euros por países de la UE puede pagarse a menos de su valor nominal al vencimiento, el euro está sentenciado porque, en último término, los países que hayan de su

frir esa devaluación se negarán a aceptar las medidas de austeridad que se les imponen por Bruselas si no es a cambio de, al menos, poder financiarse en los mercados al mismo precio que los demás socios. Y para que esto sea posible su deuda tiene que valorarse lo mismo que la de ellos. La propuesta de crear eurobonos no es otra cosa que un intento de solucionar este problema por otro camino.

Se dice que la señora Merkel quiere extremar la presión sobre los países más díscolos para lograr que se adopten las necesarias medidas de austeridad. Entretanto, van cayendo Gobiernos que son sustituidos por tecnócratas o se presentan a las elecciones con el resultado fuertemente condicionado por la situación. Pero olvidemos de momento las consecuencias políticas, a corto y a largo plazo, para centrarnos en el panorama económico, cada vez más preocupante: se han cerrado las fuentes de financiación. Si pueden ir a un default varios de los países de la UE, no solo los propios países sino, con más razón, sus bancos y sus empresas no son deudores fiables y nadie les concede crédito. Los bancos privados de estos países, que tendrían que ser los que encabezaran el esfuerzo para dinamizar la economía, han tomado ya o están tomando la única medida que les queda: reducir sus activos. Dejar de dar créditos. Las empresas medianas y pequeñas, principales creadoras de empleo, incluso las que eran solventes y prósperas, van convirtiéndose en fallidas porque tampoco a ellas les pagan sus deudores. Se está destruyendo mucha capacidad productiva, mucho empleo y mucha confianza.

Ya no se trata solo de Grecia, Portugal e Irlanda. Ahora hablamos de Italia y España, supuestamente demasiado grandes para ser rescatadas. ¿Y Francia? Pues sí, también hablamos de Francia. Porque en estos días se ha producido la inexorable subida en el precio a la financiación de la deuda pública francesa y ese dato provoca la venta masiva de deuda por los inversores y ello retroalimenta el problema.

Pero ¿es que el mercado estima que la deuda francesa puede llegar a sufrir una quita? Por supuesto, lo mismo que las demás deudas a menos que intervenga el BCE como interviene el banco central británico o la Reserva Federal. Y cuando los acreedores acuerdan una quita es que el deudor no puede pagar. No quiere decirse que tenga dificultades transitorias de tesorería, no. Lo que ocurre es que el pasivo es superior al activo. En otras palabras, que es insolvente. O sea, ¿Francia insolvente? ¿España, Italia y Francia insolventes? O nos hemos vuelto locos o aquí hay algo que no funciona y va a haber que arreglarlo, mejor antes que después, señora Merkel.

Llegados a este punto no estará de más dejar constancia de que en la UE las cifras de la balanza comercial, el déficit público, y la deuda pública en relación con el PIB son, en su conjunto, cada una de ellas más favorables que las de Estados Unidos.

Me pregunto si el nuevo presidente del Gobierno de Italia y el que el próximo domingo elijan las urnas en España decidirán, el lunes por la mañana a más tardar, intentar, a ser posible contando también con el de Francia, plantear a la señora Merkel algunas cuestiones. Por ejemplo:

- Nos enfrentamos a una segunda recesión a escala europea.

- Es esencial estimular las economías de los países de la Unión.

- Para ello, hay que restablecer la confianza y esto requiere la reapertura de los flujos de financiación.

- Lo anterior exige el restablecimiento de la credibilidad -respaldada por el BCE- de la deuda soberana de todos los miembros de la UE. No se pueden pedir ajustes y sacrificios a los países "periféricos" al tiempo que se les obliga a financiarse al 6,5% cuando Alemania (o el Reino Unido) se financian al 1,5%.

- Por supuesto, hay que hacer los deberes. En eso ya estamos.

Jaime Botín ha sido presidente de Bankinter y vicepresidente de Banco Santander

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 20 de noviembre de 2011