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COLUMNA

Miedo

Sé bien que los grandes logros exigen grandes sacrificios. Y que la paz perdurable es aquella que se asienta en la generosidad. He tenido la suerte de vivir un momento de grandeza de este país, cuando, en la Transición, los españoles decidimos que ya estábamos hartos de ser diferentes, atrasados y cainitas, y nos pusimos de acuerdo para entrar juntos en el futuro.

Sé, por consiguiente, que, si de verdad hemos llegado al fin de ETA, habrá que esforzarse para estar a la altura de ese reto. Y amnistiar asesinos, por mucho que duela. Más aún: aunque, desde luego, creo necesario que los sicarios pidan perdón de manera pública, admito que no haya que perseguir su humillación; no se hará cabalgata de triunfo, no se les exhibirá atados al carro de los vencedores, como los antiguos romanos. Vivamos, convivamos y olvidemos por el futuro de nuestros hijos.

Ahora bien, olvidar a los asesinos no quiere decir olvidar los asesinatos. Debe ser evidente que ha ganado el Estado de derecho y que los ciudadanos están protegidos frente a los energúmenos, dos puntos que, la verdad, yo no tengo claros. Una cosa es ser generosos y otra cosa rendir el poder a los canallas: que los asesinos se pavoneen delante de las viudas de sus víctimas y que se consolide la ley de los bárbaros. Los tartazos que los abertzales han lanzado a Yolanda Barcina, la presidenta de Navarra, son un perfecto ejemplo de esa zafia bravuconería de matones. Pero lo peor no son los tartazos en sí, porque en todos los ámbitos sociales existen brutos, sino que Bildu no haya condenado el ataque. La misma Bildu que gobierna sobre miles de personas. ¿Generosidad y grandeza? Sí, pero de todos. Que empiecen por renegar de verdad de toda violencia. Mientras en el País Vasco sigan teniendo miedo los de siempre, el famoso proceso de paz será mentira.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 1 de noviembre de 2011