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CARTAS AL DIRECTOR

Oposición de una opositora

Cuanto más conozco el proceso de selección de funcionarios por los exámenes de las tradicionales oposiciones, más confirmo mi frustrante impresión de que el valor que se prima por encima de todos es el sacrificio, pero el sacrificio per se, de cuestionable utilidad posterior, como mera forma más de agotar a la gente y con ello cribar. Y como indicador principal de ese esfuerzo exclusivo y prolongado durante años, la memorización forzada de datos. Son datos que jamás se han aplicado, palpado, desmenuzado, trabajado (una ley, un proceso administrativo, una institución europea) que es como verdaderamente se aprende -se aprehende- su esencia. La profundización y el avance en el conocimiento, la práctica profesional, las habilidades sociales, el dominio de nuevas tecnologías, diría que en ocasiones el sentido común, se sustituyen por artificios como el "control del tiempo" (del tiempo exacto en el que hay que cantar los temas) y la consecuente velocidad de expresión oral o escrita. Repeticiones ad nauseam para perfilar la "técnica", impuestas por la propia inercia de la competitividad. Eternas "vueltas al temario", que paradójicamente, en algún lugar menciona la feliz superación del modelo educativo basado en la acumulación acrítica de datos. Más allá de los tópicos, el resultado es que acceden a la cúspide de la cosa pública jóvenes directamente salidos de la universidad, cuyas familias se han podido permitir mantenerlos (primera criba) durante cuatro, cinco o seis años durante los que no solo no han pisado el mercado laboral, sino casi ni la calle. Quiero creer que hay otras maneras de seleccionar personal, sin dejarse tentar por el favoritismo, que con cronómetro en mano. Por ejemplo confiando en la labor de preparación y selección previa que ya hacen otras instituciones (universidades, empresas) en lugar de dejar en manos de los propios individuos una preparación casi a ciegas que, además, en el peor de los casos, los cuatro, cinco o más años de estudio unidireccional los han llevado a un callejón casi sin salida.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 31 de octubre de 2011