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COLUMNA

El estómago del colapso

El enorme estruendo de la Gran Crisis económica y social ha tapado el sonido personal de todos los individuos. No hay voces netas ni siquiera desde los grupos rebeldes pero tampoco gritos sociales o culturales aislados como en el tiempo de las vanguardias, los existencialismos o los jóvenes airados.

Más bien, la Crisis sistémica ha permeado en el fondo del corazón individual y la dificultad para crear cualquier agrupación revolucionaria procede de la dificultad en conocer no solo qué clase de poder concreto nos paraliza sino qué clase de individuo, neurótico o neuroquímico somos nosotros mismos, individuos barnizados de soledad.

Puede darse el caso, incluso, que el empeoramiento constante de la Gran Crisis se deba a que su super-gen especulativo coincida con una clase de individuo, gobernante o no, sustantivamente fraccionado y frágil. Un tipo especulador no solo en el sentido en que fía su fortuna a la apuesta sino especulador en el sentido de que ya no se reconoce en ningún reflejo fijo y, se trate a sí mismo, en primer lugar, como un posible bonus basura.

La esperanza es que la crisis cree un nuevo sujeto incompatible con la ceguera y la injusticia

Ni la religión, ni la ideología política, ni los programas de autoayuda han sido suficientes para que, en colaboración con el psicoanálisis, la psicología dinámica o la terapia cognitiva, mantengan en pie, con necesaria firmeza, al sujeto contemporáneo. O lo que es lo mismo, lo hayan apuntalado lo bastante fuerte como para afrontar la adversidad con la lucidez de sus autoridades y para mantener su propia mente a salvo del default.

La metáfora de la liquidez donde se balancea el sistema, reproduce la característica enfermedad bipolar, húmedo y seco, seco y húmedo, de nuestro tiempo. De una recapitalización a otra, de una inyección del psicofármaco conocido a otro de similar composición. Siempre al repetido borde del abismo, el infarto, la quiebra o el descalabro total.

"No hay subjetividad privada", dice el sociólogo británico Nicolás Rose, profesor en la London School of Economics. Es decir, no hay nada que nos pertenezca independiente de la circunstancia exterior. Ni siquiera lo más privado deja de estar marcado por la situación y más si la situación envolvente es pavorosa.

La Gran Crisis echará abajo sistemas de producción y sistemas de organización política pero, a la vez, ya se encuentra transformando la misma condición humana. La esperanza sería que esa transformación, provocada por productos tóxicos, estafas e incompetencias continuas cree un nuevo de sujeto incompatible con la ceguera, la injusticia y la iniquidad.

Este hombre nuevo que soñó el marxismo y todas las demás utopías de hace un siglo, se estaría fraguando ya. Los líderes que ahora destacan más aparecen como mostrencos ante el posible nuevo líder o grupo de ellos que, como reactivo propicie la actual hecatombe del sentido.

La nueva época, sea la que sea, estará así habitada por ciudadanos nacidos de este forzado autoclave material y moral. Hombres y mujeres con diferentes modos de ser y de querer, traspasados por convicciones que darán valor a la colaboración frente a la competitividad, a la pausa frente a la celeridad y a la creatividad frente a la hipertrofia.

O, acaso no. Acaso el panorama final consista en un campo de moribundos incestuosos tras la Gran Guerra especular. Muchedumbres agónicas y endemoniadas por el contagio de la incompetencia y la confusión. Quizás el porvenir sea, pues, el escenario de unos cuantos castillos superpoderosos y compactos, mientras la gente paupérrima vaya desgranándose en su perdición.

Pero entonces, siendo así, siendo tan extrema esa época ¿cómo no esperar que al colapso de civilización, más que al colapso económico, siga como muestra Jared Diamond (Colapso. Debate) para los mayas o los indios anasazi, por ejemplo, otros muchos y más humanos lunes al sol?

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 22 de octubre de 2011