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Tribuna:El final de la violencia etarra

Recuerdos ajenos

Y ahora, cuando, afortunadamente, no nos quedan más que los recuerdos del largo periodo que finalizó ayer, recuerdo cómo hace unos años, a dos calles de mi casa, en el garaje en el que guardan el coche varias personas de mi familia, mataron al juez José María Lidón, pero también recuerdo, aunque es un recuerdo prestado, como lo son tantos, que exactamente dos meses después de nacer yo, localizaron a Eustaquio Mendizabal, Txikia, en la estación de Algorta, a quince metros escasos de mi casa, y fue perseguido y rematado con un tiro en la cabeza.

Es un hecho que siempre me ha obsesionado, el máximo responsable del aparato militar de entonces o algún policía pudieron pasar rozando mi coche de niño, y ese interés en saber lo que realmente sucedió -hay docenas de versiones- me llevó a acudir, hace pocos meses, a una charla organizada en el aula de cultura; mi sorpresa fue mayúscula cuando supe que el acto había sido suspendido por un juez, señal de la poca normalidad que esperemos ceda ahora un poco. Pero continúo recordando y recuerdo aquellos calurosos días de verano y aquel fin de semana angustioso, aquel ultimátum para Miguel Ángel Blanco y aquella sensación que hacía pensar que ya ni los máximos simpatizantes del grupo armado querían que se llevase a cabo la amenaza, tal y como ocurrió al final.

Sin embargo, tampoco dejo de recordar los relatos de las torturas sufridas por amigos, los meses e incluso años de prisión en espera de juicio para al final quedar libres sin ningún cargo, tan parecido a lo que ocurrió con el único periódico en euskera, recuerdo las narraciones de las bañeras, las bombas lapa, la bolsa, los escoltas, la cal viva... Podría pasar horas contando cientos de recuerdos pero intuyo que seguirán siendo parciales, limitados, aunque es evidente que toman pedazos de todas las realidades. Por supuesto, mis recuerdos son conscientes de que les faltan muchos pedazos, de que es prácticamente imposible resumir todo el dolor que han producido estos años, pero también sospechan que a partir de ayer no se producirán nuevos recuerdos y quieren creer que aquellos a quienes concierne tomar las decisiones a partir de ahora, dejarán de lado las cobardías políticas, los intereses electorales, y serán generosos, los de un lado y los del otro, no se olvidarán de ningún recuerdo, propio, prestado o ajeno, para que a partir de mañana, los garajes sirvan únicamente para aparcar coches y las estaciones para dejar de lado el vehículo oficial y preguntar por el futuro a los que viajan en tren.

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Unai Elorriaga es Premio Nacional de Narrativa 2002 y autor de Vredaman

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 22 de octubre de 2011