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El final de la violencia etarra

"Currin, al final, sí que está contento"

El mediador sudafricano cumple con el anuncio final de la banda armada los objetivos sobre los que ha venido trabajando durante los dos últimos años

"Para que se haya llegado a este escenario sin violencia se ha contado con muchas manos, pero el más contento es Brian Currin". A esta conclusión llegan las principales voces autorizadas que han pergeñado en los dos últimos años, con diferentes estados de ánimo, un tormentoso guión encaminado a que el final de ETA y la apuesta democrática por las vías políticas confluyeran para siempre en Euskadi, y que ha tenido en la Conferencia de Paz de San Sebastián el penúltimo intencionado eslabón antes del ansiado comunicado final de la banda terrorista.

En realidad, Currin (Sudáfrica, 1950) no podía imaginar que aquella escéptica acogida que se le dispensó entre la clase política -excepción hecha del nacionalismo- cuando puso un pie el 28 de octubre de 2009 en el Kursaal de San Sebastián para hablar en una conferencia sobre ¿Cómo reactivar el proceso hacia la paz? fuera el punto de partida para acabar con cinco décadas de violencia terrorista.

"En marzo de 2009, los 'abertzales' no tenían asegurado que su plan saldría"

La Declaración de Bruselas, el punto de inflexión para el desenlace final

Currin, siempre con el asidero de Lokarri, llamó primero a la puerta de Iñigo Urkullu. Colaboradores del grupo de mediadores internacionales destacan ahora que "la disposición de Urkullu fue determinante porque se ofreció desde el primer momento y lo ha cumplido". En el PNV, por su parte, admiten este compromiso "que se ha hecho sin tener en cuenta los réditos electorales", advertía un miembro del EBB.

Lógicamente, hay quien resta "trascendencia" al valor añadido del factor Urkullu. Desde el PSE-EE y el PP asocian, por ejemplo, el papel del presidente del PNV a "su nerviosismo por el avance de la izquierda abertzale que les amenaza electoralmente". En la dirección popular se recuerda, incluso, que "hemos tenido varias fuentes para que Rajoy supiera de primera mano lo que iba pasando como el CNI o el Gobierno". Con todo, Zapatero y Rubalcaba, especialmente, así como Rajoy han sido destinatarios directos de la toma de temperatura que, con relativa frecuencia, Urkullu ha ido realizando entre los dirigentes de la antigua Batasuna. De hecho, el pasado verano, Urkullu mostró a Zapatero su "honda preocupación" porque atisbaba "un parón" en el proceso abierto.

En un reciente encuentro con las juventudes de su partido (EGI), el líder del PNV, discreto y conocido entre los suyos como El Hermético, llegó a leer, como muestra elocuente de esta privilegiada interlocución, varios de los mensajes cruzados con el presidente del Gobierno y Rufi Etxeberria, que alcanzaron especial intensidad en la segunda quincena de agosto.

Esta evidente sintonía entre Zapatero y Urkullu, compartida en muchas fases de este proceso con Rubalcaba y que siempre ha dejado sin cuota de protagonismo al Gobierno vasco, ha alentado al grupo de Currin, sobre todo ante los momentos más duros. Sectores de la negociación recuerdan en este sentido las tensiones vividas en torno a la ilegalización de Sortu, la prohibición del juez Moreno de las dos manifestaciones en Bilbao a favor de los derechos civiles y políticos en octubre de 2010, la larga espera hasta la autorización electoral de Bildu y la sentencia del caso Bateragune.

Pero la preocupación de las partes directamente concernidas era más profunda, más estratégica. Como recordaba uno de ellos, "la clave estaba en no dejar pasar el tiempo suficiente para que quienes dudaban del proceso tuvieran justificación para volverse atrás".

En este intrincado proceso seguido hasta el cese definitivo de la violencia, la Declaración de Bruselas, en marzo de 2010, marcó un punto de inflexión. Un amplio grupo de mediadores internacionales, entre ellos cuatro premios Nobel de la Paz (Betty Williams, John Hume, Frederik Willem de Klerk y Desmond Tute) pedían a ETA su compromiso "de un alto el fuego permanente y completamente verificable", al tiempo que elogiaban los pasos de la izquierda abertzale por su apuesta a favor de los medios "exclusivamente políticos y democráticos" y una "total ausencia de violencia".

Tras este nítido pronunciamiento, Currín veía encarrilado el doble objetivo con el que arrancó, ayudado por la mediación de Lokarri, sus contactos multilaterales y que se basaban entonces en: "acabar con la amenaza de la violencia y en que todos los partidos tienen que trabajar desde la legalidad".

Y es que la vertiginosa sucesión de episodios que han desencadenado ahora en un escenario de paz responde a un guión elaborado hace más de dos años sobre los parámetros abertzales. Cuando en aquel cuarto de la sede central de LAB, en San Sebastián, Rufi Etxeberria, Arnaldo Otegi y Rafa Díez Usabiaga, algunas tardes en compañía del exdirigente etarra Eugenio Etxebeste Antxon, definían su apuesta y ni por asomo sospechaban que la justicia viera el germen del caso Bateragune, desde luego que no tenían garantizada la victoria que hoy les corresponde.

Hay quien recuerda cómo durante el proceso de debate interno y de resistencia por parte del sector más intransigente de la banda terrorista y de la antigua Batasuna, "en marzo de 2009 no estaba claro que salía adelante" este tránsito hacia las vías políticas con la renuncia expresa de los métodos violentos. Quizá la duración de este pulso interno en el mundo radical explique el medio año que tardó ETA en responder al emplazamiento de la Declaración de Bruselas. Fue el 18 de septiembre de 2010 cuando la banda terrorista se comprometió con las peticiones internacionales, pero dejando claro que "la clave de la solución está en Euskal Herria".

Así las cosas, el proceso negociador ya se había instalado en el escenario internacional, el escaparate siempre anhelado por ETA porque entiende que favorece al máximo su estrategia de presión hacia el Gobierno español ya que ramifica el denominado conflicto vasco. Resulta por todo ello fácil de entender que la izquierda abertzale y el grupo de mediadores de Currin llegasen rápidamente al acuerdo de que el penúltimo eslabón también debería de disponer de similar proyección. Ahí estaba el germen de la Conferencia de Paz de San Sebastián.

Las conversaciones previas, que alcanzaron a todos los partidos "en el caso del PSE, con Jesús Eguiguren", menos al PP, pretendían la máxima resonancia internacional "como una muestra más de exigencia a ETA" para que se sintiera concernida precisamente por el ámbito al que siempre ha pretendido llevar su conflicto. Además, con la fórmula de la Conferencia se disipaban algunas dudas surgidas en Euskadi sobre el papel estelar del grupo de contacto instigado por Currin y a las que no era ajeno el propio PNV, defensor luego del formato finalmente elegido.

Por todo ello, los impulsores de la Conferencia de Paz prefieren refugiarse en la conquista, ahora ya definitiva, de los dos objetivos de aquel septiembre de 2009: ya no hay violencia y los partidos solo van a hablar de vías políticas. Como quería Currin, vaya.

El veto de Batasuna a Lokarri

Cuando abrió la agenda de sus contactos en Euskadi, Brian Currin no contaba con el veto que la izquierda abertzale mantenía vigente sobre Lokarri, en quien iba a apoyarse para luchar contra la desconfianza. Y es que Batasuna consideraba a esta red social próxima al PNV y sucesora del movimiento ya desaparecido Elkarri, a quien tampoco llegó a reconocer jamás. Este rechazo visceral obedecía a que los radicales nunca lograron el control sobre estos grupos, a los que se habían incorporado, además, antiguos simpatizantes abertzales disconformes con la violencia. De hecho, esta exclusión solo quedó rota cuando Lokarri promovió en febrero el acto de presentación de la izquierda abertzale a favor exclusivamente de las vías políticas.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 21 de octubre de 2011

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