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Reportaje:

Precedentes inquietantes para el Madrid

El equipo solo tuvo un arranque de Liga peor en 2005, con Luxemburgo en el banquillo, en el origen de la temporada que desembocó en la dimisión de Florentino Pérez

La temporada fatídica comenzó con fiesta en Cádiz. El Madrid de Wanderley Luxemburgo visitó el Ramón de Carranza en agosto de 2005, y entre Ronaldo y el estreno de Robinho, dispararon el entusiasmo de la afición. Antes de que comenzara el otoño las cosas ya iban mal: una derrota contra el Celta en la segunda fecha, y otra contra el Espanyol en la tercera jornada, comenzaron a empañar el panorama. Después de cuatro jornadas el Madrid sumaba seis puntos. Hay que remontarse a ese año para encontrar un comienzo de temporada más pobre que el actual. Tras el empate en Santander (0-0) el equipo suma siete puntos después de cuatro partidos disputados contra rivales en el límite. Salvo el Getafe, el resto de los contendientes, Zaragoza, Levante y Racing, parecen condenados a sufrir cuesta abajo.

En el vestuario, algunos están hartos de la rutina de la crispación

El conjunto ha pasado de rematar 40 veces en Zaragoza a 16 contra el Racing

"Mi segunda temporada suele ser la mejor", repetía el técnico, José Mourinho, hace un año, para prevenir a los directivos y a la afición de que su trabajo precisaba de una maduración. El paso de los meses, sin embargo, no hace pensar a la mayoría de los futbolistas que las cosas vayan a ir mucho mejor. El vestuario acumula desasosiego. Los mensajes de unión, enfáticos hacia el exterior, pretenden ocultar el estado de decepción imperante. "Ahora estamos con Mourinho más que nunca", afirmó Arbeloa al salir de El Sardinero. El guion de las declaraciones fue medido a propósito. El presidente, Florentino Pérez, acababa de visitar a la plantilla en el vestuario hacía unos minutos para escenificar su respaldo al entrenador entre unos abrazos completamente inusuales. Los jugadores saben que el poder del técnico, sumado a la complicidad del presidente, no permite romper con el protocolo sin sufrir represalias. Pero están decepcionados. Inquietos ante las decisiones de un técnico que no se muestra capaz de arbitrar nuevas fórmulas ofensivas para abrir defensas ordenadas atrás. Un técnico cada vez más alejado de las soluciones futbolísticas y más preocupado por las estrategias de comunicación. En el vestuario tampoco ha gustado que tras la derrota ante el Levante culpabilizara en público a Khedira. Indirectamente, también han pagado por discrepancias jugadores como Casillas, suplente en el Trofeo Bernabéu tras conocerse su acercamiento a los jugadores del Barça en busca de la paz. O Marcelo, recriminado por su expulsión ante el Dinamo de Zagreb. La pasada temporada también señaló en ocasiones a otros como Pedro León, Canales o Sergio Ramos.

El Madrid ha pasado de rematar 40 veces contra el Zaragoza a patear 13 veces contra el Levante y 16 contra el Racing. Ha pasado de lucir la pegada a quedarse sin ella. Y el Madrid sin pegada se queda en poca cosa. Ha metido un gol en los últimos tres partidos, todos jugados frente a adversarios mucho más débiles: Dinamo de Zagreb, Levante y Racing. Como observan sus jugadores, el equipo ha perdido riqueza en el juego ofensivo. Los que hablan desde el vestuario, de forma anónima por miedo a no jugar nunca más, creen que Mourinho no ha prestado suficiente atención al fútbol de combinación, a la elaboración de las jugadas sumando mucha gente al medio campo, y a la elección de los futbolistas adecuados para cumplir con este fin cuando el rival niega los espacios para que Cristiano y Di María exhiban su velocidad. Los futbolistas saben de estas carencias desde el curso pasado: desde que el equipo perdió puntos ante el Deportivo, el Osasuna, el Almería, o el Levante, y acabó perdiendo la Liga. Piensan que aquello que les sucede este año era previsible.

Mourinho organizó la pretemporada concienzudamente. Tenía previsto ganar terreno al Barcelona con el viento favorable de un estado físico superior y un calendario propicio, plagado de equipos pequeños. Durante las semanas de concentración en Los Ángeles los futbolistas le vieron permanentemente ansioso, exigente en cada detalle, el césped, la comida, la prensa, lo esencial y lo superfluo. Le vieron demandante como si la temporada estuviese en su culminación. Como si todo se fuera a decidir en la Supercopa y después les esperase una travesía más o menos apacible. El estrés se instaló en la caseta y en el vestuario y ahora algunos admiten estar un poco hartos de una rutina de la crispación que se traduce en pocas satisfacciones deportivas.

La temporada 2005-2006 comenzó con fiesta en Cádiz, prosiguió casi tan mal como esta, y acabó con Florentino Pérez abandonando el club en marzo. Los detonantes fueron la desazón en el vestuario y el mal juego.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 23 de septiembre de 2011