Los talibanes golpean a la OTAN en Kabul

Los insurgentes atacan la Embajada de EE UU y el cuartel general de la Alianza - Cuatro asaltos coordinados causan nueve muertos y una veintena de heridos

En una serie de atentados coordinados, los talibanes atacaron ayer con rifles y explosivos la Embajada de EE UU, el cuartel de la OTAN y diversos edificios de la policía en Kabul. Es el tercer gran ataque que sufre desde junio la capital de Afganistán, convertida en el objetivo de la insurgencia, justo en el inicio de la retirada de tropas aliadas y del traspaso de la seguridad a las fuerzas afganas.

Pasado el mediodía, un grupo de al menos siete insurgentes lanzó los ataques en las inmediaciones del recinto fortificado que alberga embajadas y edificios gubernamentales. Fueron en total cuatro ataques que causaron nueve muertos y una veintena de heridos.

Desde un edificio de 14 plantas, desocupado y en construcción, atacaron la embajada de Estados Unidos, que se encuentra a 300 metros, y el cuartel general de la OTAN en Kabul. Paralelamente, insurgentes suicidas atentaron contra edificios de la policía nacional afgana. Un terrorista logró hacer estallar un chaleco cargado con explosivos y mató a un agente. La policía abatió a al menos otros dos atacantes antes de que pudieran accionar sus dispositivos explosivos. Uno de ellos se encontraba en las inmediaciones del aeropuerto civil de Kabul, según fuentes oficiales afganas.

Los miembros del grupo agresor llegaron a la zona cubiertos con burkas
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Este es el peor ataque que ha sufrido la misión diplomática norteamericana desde que se instaló en esta zona de Kabul hace nueve años. Según un recuento inicial de las fuerzas afganas, los insurgentes mataron a cuatro policías y a dos civiles. Los talibanes asumieron ayer en un comunicado la autoría del ataque, cuando la acción armada aún se estaba produciendo. Según fuentes de la OTAN, les ayudó en su planificación el clan Haqqani, un grupo insurgente que opera desde Pakistán y que ya participó en la noche del sábado en el bombardeo de una base en la provincia de Wardak, al oeste de la capital, en el que resultaron heridos 70 soldados.

El presidente afgano, Hamid Karzai, advirtió a los insurgentes que la masacre de civiles no detendrá sus planes de transición para instaurar un Estado totalmente soberano y que controle su seguridad nacional. "Los ataques", dijo en un comunicado, "alimentan la determinación de nuestra ciudadanía de asumir responsabilidades en lo que respecta a los asuntos de su propio país".

El pasado mes de julio los afganos tomaron el relevo de las tropas internacionales en el control de seguridad de siete áreas del país, entre ellas la gran mayoría de la provincia de Kabul, que entonces se consideraba de las más seguras. El ataque de ayer pone de relieve las carencias y los muchos desafíos que tienen por delante las fuerzas de seguridad afganas.

Los atacantes llegaron a la zona cubiertos con burkas, una indumentaria femenina de cuerpo completo. Uno de los principales problemas de la policía nacional afgana es la falta de personal femenino que lleve a cabo los registros a las mujeres. En junio, los talibanes ya habían atacado el hotel Intercontinental, donde mataron a 11 personas. El mes pasado repitieron la operación, en la oficina cultural de la Embajada británica, y matando a otras ocho personas.

Los ataques a civiles con tácticas terroristas desatan el caos en la que se supone zona más protegida del país, y siembran dudas sobre la capacidad del Gobierno afgano de mantener la seguridad sin ayuda de las fuerzas internacionales. Fuentes de la misión de la OTAN en Kabul insistieron ayer en que la respuesta al ataque fue asumida plenamente por las fuerzas afganas. "Estuvimos allí dando apoyo. Llegado el momento, sobrevolamos la zona con los

helicópteros Apache, pero no se disparó desde ellos. El grueso de la operación se lo dejamos a los afganos", dijo un oficial aliado en Kabul. Fue, de hecho, la primera gran operación de defensa en Kabul en la que los norteamericanos solo asumieron un papel colaborador, aunque algunos soldados de EE UU cuestionaban ayer que los afganos no hubieran expulsado anoche de la zona verde de las embajadas a todos los atacantes. El Pentágono ha iniciado ya la retirada prometida por el presidente Barack Obama con el repliegue de 1.600 soldados norteamericanos. Antes del verano que viene se habrán retirado 33.000 de los 101.000 militares que prestan servicio en el país. Hace sólo unos meses, Kabul ocupaba en los planes de retirada un lugar destacado. Los recientes problemas de seguridad podrían aplazar la salida de la capital. Las 11 bases aliadas en la región de Kabul entraron ayer en situación de alerta. En abril, Camp Phoenix sufrió un ataque en el que solo murieron los cuatro suicidas que intentaron perpetrarlo. En Wardak, los insurgentes abatieron un helicóptero Chinook el mes pasado, causando 30 muertos, 22 de ellos del equipo de élite de los SEALS de la Marina. Agosto ha sido uno de los peores meses para las tropas norteamericanas en Afganistán, con 81 muertos desde que fueron desplegadas en 2001.

Los civiles que trabajan en las embajadas y demás edificios de la zona verde se refugiaron ayer en sus búnkeres durante el fuego cruzado. Los accesos a Kabul quedaron cortados durante más de seis horas. El Ejército aliado ya se quejó hace dos meses y en privado a las autoridades afganas por la construcción del edifico en el que se atrincheraron los insurgentes, a sólo 300 metros de distancia de la embajada. El ataque llegó dos días después del décimo aniversario de los atentados del 11-S, y a un mes de que se cumpla, también, una década del inicio de la guerra afgana. Comenzó como una contienda convencional y ha pasado a convertirse en una operación contrainsurgente. Según cifras de la ONU, en los primeros seis meses del año han muerto 1.462 civiles en Afganistán.

Policías afganos disparan contra un edificio en el que se refugiaron varios talibanes tras el ataque a la <i>zona verde</i> de Kabul.
Policías afganos disparan contra un edificio en el que se refugiaron varios talibanes tras el ataque a la <i>zona verde</i> de Kabul.AHMAD MASUD (REUTERS)

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