Columna
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Nos estamos yendo

Hemos regresado de vacaciones pero ya nos estamos yendo. Basta sentarnos de nuevo ante el ordenador del trabajo y, tras recordar con dificultad la clave de acceso, volver a buscar un vuelo. Necesitamos saborear la constante ilusión de una huida. Juguetear con los destinos y las fechas de las páginas de viajes low cost. La Navidad es una escapada demasiado lejana, la estepa del otoño y el invierno solo parece surcable con el avituallamiento de una desbandada más o menos inminente. Vivimos con el perpetuo plan de burlar al calendario, a las obligaciones laborales, a la rutina. Somos prófugos, falsos fugitivos de nuestra vida, escapistas controlados, programados, como ese hámster al que permitimos el sueño de la fuga para devolverlo inmediatamente y sin remisión a su confinamiento.

Madrid no es suficiente, la auténtica felicidad se obtiene queriendo y odiando a esta ciudad

Madrid tiene la fascinante capacidad de lobotomizar la memoria del ocio estival. Basta cruzar el cartel de las siete estrellas anunciando nuestra Comunidad o aterrizar en alguna T para que el recuerdo de las jornadas de sol y sal, de siestas y gambas se volatilice. A los pocos días de la reinserción en el trabajo, las tumbonas, los atardeceres púrpura y el moreno son simplemente un sueño, un vapor dolorosamente melancólico disipándose ante la máquina de café de la oficina.

Cómo asumir que esta es nuestra existencia, nuestra única y verdadera realidad. En esta ciudad tan lejos del mar, tan llana y tan vertical, tan olvidada por las montañas, tan esquiva a la nieve, tan familiar por más que se disfrace de Europa. Los días festivos por venir, los puentes, son imprescindibles casillas de seguridad en el feroz tablero del calendario.

El nuevo curso en Madrid, por supuesto, ofrece infinidad de estímulos. Conciertos, exposiciones, partidos de fútbol, musicales en la Gran Vía, conferencias, manifestaciones antisistema... Los aperitivos, el gimnasio, las citas, las compras, las copas, los coleccionables, las nuevas temporadas de las series de televisión... Pero no es suficiente. Para el madrileño, Madrid no es suficiente, la auténtica felicidad se obtiene queriendo y odiando a esta ciudad a la vez, entregándose a ella y, al mismo tiempo, dilucidando cómo serle infiel.

Víctimas de un incurable inconformismo. Contemplando la fábula de un fin de semana largo en un paraje lejano, a salvo de los despertadores y los jefes, de los hijos y los atascos, de la corbata y el menú, se nos pasarán los meses. Hipnotizados por el deseo, idolatrando esa evasión, lustrando en la imaginación el próximo escarceo anestesiaremos el presente. Y así evitaremos la punzada de la vida, esa pica esperándonos en septiembre a puerta gayola. Pero también dejaremos de apreciar la fortuna de vivir en esta ciudad insoportablemente buena. Consumiremos las semanas aguardando los números rojos del calendario sin degustar los negros, los martes donde no pasa mucho. Donde, simplemente, pasa la vida como la azafata ofreciéndonos la bandejita de comida con su tapa plateada.

En verdad, nada hace más ilusión que las personas. El gris de Madrid solo se alegra con el rojo de un amor. De varios amores. Si tenemos buena tripulación en el sofá de casa para zarpar hacia el invierno, un equipo con el que achicar la frustración y las penas, estamos salvados. Solo así es Madrid navegable, especialmente en estos días de reingreso en la rutina. El tesoro de las futuras vacaciones, breves o largas, a Praga o Buitrago, fulge con auténtica intensidad cuando lo contemplan al menos dos pares de pupilas. Es la buena compañía una excursión en sí misma, un paraje reconfortante, el oasis perfecto para el desierto de nosotros mismos.

Si usted, sin embargo, está solo en medio de septiembre. Si a la salida de la exposición, del concierto, de la conferencia o de la manifa no tiene a nadie con quien comentar la jugada... Hay dos opciones: 1. Hacer de Madrid su pareja. Encontrar en la hiperactividad de la capital a su interlocutor, bailar al ritmo de su taquicardia y sus lexatines. No sentirse aislado jamás porque este lugar no te abandona; 2. Sacar solo un billete de avión para el próximo puente. Y ser feliz explorando otros confines y, en caso de morirse de aburrimiento o de pena, convertir a Madrid en esa fantasía a la que acudir cuando el mundo es hostil. Cuando cuesta encontrarle el sentido a los días, cuando levantas la tapa de albal de la bandejita y faltan las patatas.

* Este artículo apareció en la edición impresa del martes, 13 de septiembre de 2011.

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