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MARIJAIA Y CÍA | Días de diversión
Columna
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Piolín en Bilbao

A mí Kirmen Uribe me despierta mucha simpatía. Y no porque escriba estupendamente y haya hecho un pregón espléndido, que también, sino, sobre todo, por la paciencia y el estoicismo con que viste su traje de pregonero. El tío va por ahí sonriendo a todo el mundo como si le pareciera normal que durante nueve días (se dice pronto) le obliguen a pasearse día y noche con esas pintas. Que el trajecito se las trae. Y los bilbaínos, que estamos más cedidos que la goma de los calcetines Ejecutivos, ya no nos asustamos por nada, pero la gente de fuera se queda intrigadísima al ver al pregonero. El otro día, en el Arriaga, unas guiris miraban al escritor con los ojos a cuadros. "¿Por qué va disfrazado de plátano?", preguntó una de ellas. Su amiga le contestó: "Yo creo que no va de plátano, sino de domador de circo" La tercera sugirió que tal vez fuera de Pájaro Loco y la cuarta le corrigió: el Pájaro Loco es azul y tiene cresta roja.

Tenía razón, más que el Pájaro Loco, parece el pájaro Piolín. Y si fuera un actor, o un payaso -oficios respetabilísimos, pero que implican cierta inclinación por la comedia-, no resultaría tan chocante. Pero, ¿qué hace un escritor con esas fachas? ¿Se imaginan ustedes a Borges, a John Le Carré, a Houllebecq cargando con ese traje a todas horas?

Lo dicho: Kirmen porque es un santo, que otro, de qué. Dile a Donna Leon que vaya así nueve días. Te hace un corte de mangas que te espabila. Y yo, en mi afán de contribuir a la fiesta aportando mi granito de arena, propongo una idea: que el pregonero lea el pregón disfrazado con esas pintejas -o sea, como hasta ahora-, pero al acabar pueda vestirse de paisano y olvidarse ya del tema. Así el traje podría utilizarse para otros menesteres. Por ejemplo, para el cobro de morosos. Como el amarillo es tan vistoso y el traje pega un cante que no veas, seguro que las compañías de cobros se lo rifan. Sería como El Cobrador del Frac, pero en cobrador pregonero. Y así mataríamos dos pájaros de un tiro: el pregonero (pobre) podría respirar tranquilo, y además entraría un dinerillo extra en las arcas municipales. Que está la cosa muy achuchá y el consistorio lo sabe.

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