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COLUMNA

Meterse en política

Cuando aquí había verano solía venir acompañado de la serpiente del verano. Esa serpiente era un motivo informativo relacionado con la política que daba de comer a los sufridos periodistas que no se iban de vacaciones. En Euskadi esos modestos gacetilleros no podían quejarse porque el cierre de las instituciones políticas, con el veraneo en Marbella de mucho líder del PNV, era aprovechado por el nacionalismo radical para ocupar el espacio festivo, organizarnos las algaradas con las banderas en Bilbao o la Salve en Donostia -actos que debían haber sido recogidos en los programas de fiestas-, proveyendo de materia a los periódicos y de horas extraordinarias a los guardias. Nosotros, aunque no tengamos verano, seguimos teniendo serpientes.

Empezó a zigzaguear echando silbidos el día de San Ignacio, con el diputado general de Gipuzkoa atendiendo a los familiares de presos -presos de ETA, para que lo entiendan los forasteros que nos visitan-. Y lo que pasó allí dio lugar a un titular que me produjo un respingo: "San Ignacio se mete en política". Desde cuándo San Ignacio no se metió en política, ¡si era de lo más político!, antes de la Compañía de Jesús, asaltando Pamplona al servicio de la Corona de Castilla, lo que dejó cojo al joven capitán e inútil para la carrera de armas, y montando después, en un ataque de misticismo religioso y agresividad antiprotestante, una compañía de operaciones especiales al servicio directo del Papa, entonces muy unido al Emperador español. Desde entonces no dejó la política, ni él ni su compañía. Nos da fe de ello que la expulsara Carlos III o la República. Así que en la festividad de San Ignacio, santo político y de la contrarreforma, el más adecuado patrón de euskaldunes fededunes por inteligente y conservador, no hay que extrañarse que salte la política.

Y salta con una Bildu, por la gracia del Constitucional y los disparates políticos a los que nos hemos acostumbrado en los últimos años, que no duda en paralizar todos los proyectos pendientes en Gipuzkoa, y hacer las cosas exclusivamente para sus seguidores. Se quejaban portavoces socialistas del Ayuntamiento donostiarra que el alcalde -de Bildu, anotación de nuevo para los forasteros- quiere convertir las fiestas de Donostia en escaparate de los planteamientos del nacionalismo radical. Y digo yo, si va a convertir las fiestas en escaparate de la política radical, qué no hará con el montaje de Donostia capital de la cultura europea. No lo quiero ni pensar.

Poco tiempo ha pasado para que muchos que no dudaron en plantear como positivo que se legalizara a Bildu ahora lloren como plañideras. Pues qué esperaban, la conversión en el camino de Jericó. Pues no, los de ese mundo siguen firmes en lo suyo, con una constancia admirable y una disposición digna de mejor causa, por lo que se merecen el demostrarnos cuál es el futuro que nos aguarda en ese tuvo de ensayo en el que se ha convertido Gipuzkoa gracias a la irresponsabilidad, en gran medida, de los quejosos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 9 de agosto de 2011