Columna
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Ominoso legado

Alberto Fabra, el flamante presidente de la Generalitat, tiene derecho a que se le deje aterrizar en el cargo sin acuciarlo con las críticas. Es un periodo de cortesía tácita y habitualmente establecido que, en este caso, viene poco menos que prescrito por la justicia y la compasión debido a la enormidad del ominoso legado que recibe. Démosle, pues, un tiempo prudencial para que elija su nuevo equipo de asesores y gestores -con la recomendación de que releve al actual e infame, por anacrónico, redactor de discursos-, pulse en su partido las inevitables resistencias al cambio y se adapte al recién estrenado horizonte político, tan complejo y distinto del que ha gozado hasta ahora en la levítica capital de La Plana. Por lo pronto, hay que reconocerle el valor o la temeridad de haber aceptado un desafío que no tardará en darnos la talla del novedoso líder.

Este es el momento en el que los comentaristas del acontecer político, y tanto más tratándose de un trance tan traumático como el que acaba de producirse, suelen abandonarse al arbitrismo y dictarle al gobernante de turno cual habría de ser su hoja de ruta y los remedios para los males de la patria. No es tal nuestro ánimo, pero de algún tufillo admonitorio pueden acaso adolecer las anotaciones siguientes. Y es la primera de ellas que el comienzo de "una nueva etapa", como es descrita por el molt honorable, no debe confundirse con el borrón y cuenta nueva o pelillos a la mar de los desmanes, ineficiencias y derroches acumulados por su predecesor. De eso nada. No cabe esperar que la oposición relaje su acoso ni mucho menos que se disuelva la galerna judicial que se abate sobre el PP valenciano, sujeto de la crónica de tribunales a lo largo de los próximos años.

No hay que ser muy lince para pronosticar que nos avecinamos a un otoño político muy caliente en el que, en plena zarabanda electoral, se van a suceder las condenas, enjuiciamientos y escándalos protagonizados por el partido que nos gobierna. El desvelado saqueo de la CAM a cargo de algunos de sus eminentes consejeros no será, además, el último de los sucesos con que nos amenice el partido conservador, tan indulgente con los zánganos y truhanes. El clima polémico y exaltado no parece que sea el mejor abono para acometer lo que a nuestro juicio constituye hoy por hoy el más apremiante de los objetivos políticos en esta Comunidad, cual es acabar con la "excepcionalidad democrática" -Jorge Alarte dixit- a la que nos ha abocado el desgobierno y la corrupción del PP.

¿Será capaz de afrontar tamaña empresa el titular del Consell? ¿Estará a su alcance restaurar prácticas tan elementales en democracia como responder las preguntas que se le formulan en las Cortes y propiciar la máxima transparencia en sus actuaciones, reprender a los chorizos, aventar el tufo a sacristía por imperativo constitucional, condenar el secuestro, censura y discriminaciones de RTVV, administrar con prudencia los recursos económicos y, en suma, no mentir compulsivamente y despreciar a la mitad cuanto menos del censo electoral del País Valenciano? Aplacemos la respuesta en gracia al citado periodo de cortesía, aunque no hay más que ver la claque que hoy le aplaude para alejar de nosotros toda esperanza, que decía el Dante.

Y una nota a modo de adenda. El chisgarabís y delincuente confeso Rafael Betoret ha sido adscrito a la consejería de Turismo, donde seguirá percibiendo una excelente retribución. ¿Acaso es un premio para él y un merecido castigo a la consejera, Lola Johnson?

* Este artículo apareció en la edición impresa del domingo, 31 de julio de 2011.

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