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Necrológica:'IN MEMORIAM'

Mariano Vega, la voz de un hombre noble

Hace muy poco, Mariano Vega, escritor canario que murió el domingo por la noche después de una enfermedad larga que él afrontó con la nobleza que adornó siempre su carácter, escribía en el Diario de Avisos de Tenerife sobre el fallecimiento de Jorge Semprún, a quien había conocido en la isla. Decía Mariano que, entre los atributos que dejaba la memoria del intelectual español al que la guerra y el exilio convirtieron en un símbolo de esta España durísima del siglo XX, estaba el compromiso civil, la raigambre, aunque fuera apátrida, en la patria más permanente, la patria de la memoria.

Mariano Vega, que tenía 70 años y había sido directivo de Radio Nacional de España en Canarias, pero sobre todo poeta de naturaleza delicada, consagró su vida a esa manera de entender el compromiso, con su profesión y con su oficio, que ejerció también en prensa y en televisión. Fue sin duda una de las mejores voces de la profesión radiofónica en las islas, y por eso fue requerido por directores de cine o de documentales, para que su voz fuera metáfora del mejor decir isleño.

Nacido en Santa Cruz de Tenerife, fue presidente del Ateneo de La Laguna, la longeva (y liberal, y republicana) institución que a lo largo del último siglo, y cuando dominaba el franquismo, fue una luz frente a la oscuridad de la dictadura que ensombreció la vida política y cultural isleña. En los últimos tiempos había trabajado para el teatro, como autor, y a pesar de que esa enfermedad que finalmente lo ha vencido lo visitó con saña en los últimos tiempos, siguió escribiendo y ensayando como un autor juvenil que jamás se dio por vencido. Una obra suya, Apaga la luz y enciende los sueños, que tenía el aire de un ensayo existencialista, pero también un espectáculo en el que se mezclaban la ternura y el sarcasmo del que era capaz, centró el reestreno del teatro Leal de La Laguna, la ciudad en la que vivió casi toda su vida. Escribió cuentos, ensayos y poemas, y los leyó como nadie. Su voz era un tesoro que él regalaba.

Había un rasgo especialmente notable en Mariano, además, que está entre los que ahora vamos a añorar radicalmente los que disfrutamos de su legendaria bondad: siempre medió entre diferentes, hizo de la abolición de las discordancias sin fundamento una de sus tareas vitales, y esa actitud fue la que lo llevó, al final, como hizo por cierto en un momento así de grave Rafael Azcona, a atenuar ante los demás la naturaleza fatal de sus sufrimientos.

Era un artista; su poesía la había puesto al servicio de lo más sutil, se aproximaba a los haikus japoneses, a cierto surrealismo de raigambre canaria, pero siempre con la ambición oriental como sustrato de su manera de afrontar la escritura misma, como si la insinuación de la metáfora le resultara más atrayente que la metáfora misma. Y era un cinéfilo, su gran pasión era el cine, y hubiera sido el cine su paraíso. Un día quise entrevistarlo para una serie de la televisión canaria, y él eligió la platea de un viejo cine de Santa Cruz. Ante las cámaras, delante de aquel telón que fue el de su juventud de sueños en celuloide, Mariano comenzó a llorar. Como si subrayara así el carácter que le llevó siempre a mantener los sueños como la parte más radical de su alma.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 19 de julio de 2011