LAS MOSCAS | Escrituras

Una blusa amarillo limón

"En 1925, Moscú apenas si empezaba a comer algún pastel y sonreía...", escribió Elsa Triolet en Souvenirs sur Maiakovski. "Las casas, las casitas de Moscú, pintadas de cal y coloreadas de amarillo o de rosa, como santos de provincia, estaban agrietadas, desconchadas y se sostenían unas a otras para no caer. Los ladrillos de las calles aparecían levantados, los coches con el forro de los asientos hechos jirones, los poquísimos autos atados con cuerdas, y los tranvías, sobrecargados, se balanceaban peligrosamente".

Moscú era, pues, una ciudad aún herida, un paisaje de vidrios rotos y de techumbres descompuestas. Era una capital destartalada la que, bajo un cielo blanco y muy frío, recibía la noticia: la muerte había pasado por Leningrado y tomado una habitación en el hotel Inglaterra a nombre de un poeta de renombre: Serge Esénin, caído en desgracia desde hacía tiempo tras haber sido ídolo nacional, por propia voluntad acababa de poner fin a su vida, una vida turbulenta y de fama más devastada que las avenidas moscovitas de posguerra.

Esénin, poeta atacado y vituperado, se cortó las venas y escribió una carta con sangre
Sabía que no podría vencer a la vejez y la esperaba desde niño. "¡Ni un día más!", dijo

El poeta lírico que había sido ("en esta vida lo de morir no es nuevo / pero en verdad no es más nuevo lo de vivir") primero se cortó las venas y luego se ahorcó, dejando una carta escrita con sangre. Se dijo que, durante sus últimos meses de su vida, el sufrimiento del poeta era tal que sus aullidos de dolor apenas se distinguían de los de la bestia y que, sumido en el silencio de la muda inmovilidad que seguía a contadísimos arrebatos expansivos, la desesperación le desfiguraba el rostro hasta prestarle una apariencia no humana. Pero el trágico y lamentable fin del poeta no era sino motivo de mofa y desprecio en boca de los nuevos burócratas de la literatura de la Revolución.

Casado durante un tiempo con Isadora Duncan y, durante años, con el alcohol, la figura pública de Esénin se ofrecía como blanco indefenso de los ataques seudorrevolucionarios. Intelectual, poeta asocial, borracho, suicida, burgués... fue la lápida bajo la que se intentó enterrar a uno de los poetas más grandes de la Rusia de todos los tiempos.

Aquel mismo año de 1925 alcanzaba la más alta cima de las letras de la Revolución quien, con el tiempo, sería el poeta más atacado, agredido y vituperado de la URSS: Maiakovski publicaba Vladimir Illich Lenin, poema de 3.000 versos dedicados a la muerte del dirigente. El pueblo le reconocía y le saludaba por las calles y la juventud le idolatraba. Le reconocían los transeúntes y los cocheros: "¡Ahí va Maiakovsky! ¡Es Maiakovsky!". Y fue Maiakovsky quien levantó su atronadora voz en defensa de Esénin, que se suicidó en Leningrado: "Los críticos farfullan / es el vino / es esto / es aquello. La basura / por desgracia / es lo que más abunda. / Es mejor morir de vodka que de aburrimiento... Para la alegría / nuestro planeta está escasamente dotado". Y terminaba: "En esta vida / morir es cosa fácil. / Vivir es mucho más difícil".

Cinco años después, en 1930, sería el propio Maiakovsky quien se dispararía un pistoletazo en la sien. Dos días antes, el 12 de abril, escribía su A todos: "No se culpe a nadie de mi muerte y, por favor, sin comentarios / al difunto le molestaban enormemente./ Madre, hermana, camaradas, perdonadme -no es un método, no se lo aconsejo a nadie-./ Pero no tengo otra salida./ Lilí, ámame". Con tal ruego, el poeta que antaño se colocaba "el sol por monóculo", no solo ponía fin a su vida y a una obra centrada en la revolución bolchevique y en su relación amorosa con Lilí Brik, sino que también acababa con uno de sus peores enemigos: el miedo a envejecer. "Volodia -escribió Lilí Brik pasados unos años- no hacía más que hablar del suicidio, era una obsesión. Su maravillosa energía superaba todos los obstáculos, pero sabía que no podría vencer a la vejez y la esperaba desde niño. "¡Ni un día más! ¡Me voy a matar!", exclamaba a menudo a medida que pasaba el tiempo.

Y el tiempo pasaba. Lo dejó pasar hasta cumplir los 37 años. Vigoroso y corpulento, poseyó toda la insolencia, la osadía, la inquietud, la sensibilidad y la ternura con que la juventud empuja a las criaturas que considera mejor dotadas para la vida. Su madre le había confeccionado una blusa amarillo limón que él lucía, espléndido y orgulloso, con una gran corbata y un cinturón. Un día quiso fotografiarse con la prenda que su madre le había regalado y completó su atuendo con una chistera, un elegante abrigo de pieles y un bastón. Al pie de dicha foto, podía leerse esta inscripción: "El futurista Vladimir Maiakovsky".

El 14 de abril de 1930, nadie le anunció la llegada de la muerte. Hubo un tiempo en que fue el poeta futurista ataviado de amarillo limón que se ponía el sol por monóculo -en sus versos- y ordenaba al cielo quitarse el sombrero a su paso. Maiakovski cambió de estética, su poética se transformó a lo largo de su obra y abandonó el futurismo. Pero sus arrogantes modales no cambiaron nunca y, de acuerdo con su eterna altanería y como hacen casi todos los mortales, no esperó la llegada de la muerte, sino que le exigió que se presentara ante él a tal hora, de tal día y de tal meses de hace 81 años.

MAITE NIÑO

* Este artículo apareció en la edición impresa del domingo, 17 de julio de 2011.

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