Crítica:ÓPERACrítica
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Como la vida misma

Las bodas de Fígaro, de Mozart, es una obra maestra de la lírica tan felizmente inabarcable que, con una representación de media intensidad, como la que se repuso ayer en el Teatro Real, el espectador abierto es elevado a un estado de admiración casi hipnótico. Es puro teatro, como en general, lo son todas las óperas de Mozart, y necesita una precisa definición de caracteres y la creación de una atmósfera musical y teatral en consonancia con los avatares reflexivos y emocionales de la trama que plantea un libretista tan agudo como Lorenzo Da Ponte.

La puesta en escena de Emilio Sagi, que ya se vio hace un par de temporadas en este teatro, plantea una mirada sevillana, hasta cierto punto nostálgica, y se apoya escenográficamente en patios y jardines interiores, utilizando también para la definición de espacios el telón salzburgués del Real, en un guiño de complicidades entre la ciudad natal de Mozart y la que acoge el desarrollo de esta ópera. Necesita de unos actores que, además de cantar en estilo, lleven el peso teatral de la historia.

LAS BODAS DE FÍGARO

De Mozart. Con N. Gunn, A. Dasch, A Kurzak, P. Spagnoli, A. Marianelli, J. Fischer, R. Giménez, C. Chausson, E. Viana, M. Savastano y M. Sola. Director musical: V. P. Pérez. Escena: E. Sagi. T. Real, 30 de mayo

Gran actuación

La que movió en ese sentido la representación con mayor inteligencia fue la soprano polaca Aleksandra Kurzak que, además de bordar el personaje de Susanna en todo momento, remató su faena en el último acto con un extraordinario Deh vieni, non tardar, pletórico de sensibilidad y encanto. Se movieron en el terreno de la corrección el resto de las voces principales, desde Pietro Spagnoli a Alexandra Marianelli, y brindaron una gran actuación los secundarios, y en particular Carlos Chausson, Raúl Giménez y Enrique Viana.

Victor Pablo Pérez dirigió a la Sinfónica de Madrid con un sentido del orden que recordaba a López Cobos. Se desinhibió en la segunda parte añadiendo chispa al tercer acto y optando por una dimensión camerística que sentaba bien al ritmo de la representación. Tanto la orquesta como el coro respondieron en la línea ascendente que les ha caracterizado esta temporada.

Fue una representación amable, sin grandes alardes ni genialidades. Una pareja llevó a sus invitados de boda a la representación. No era un efecto escénico, se lo aseguro. El teatro y la vida se fundían en una misma realidad. Como en la ópera de Mozart.

* Este artículo apareció en la edición impresa del martes, 31 de mayo de 2011.

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