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CARTAS AL DIRECTOR

Cae El carnicero de Srebrenica

Ratko Mladic, posiblemente el mayor genocida que ha conocido la historia reciente de Europa, ha sido detenido. Srebrenica lo recuerda bien. Allí, Mladic y el Ejército serbio masacraron a 8.000 personas. El motivo, como el de todos los genocidios, fue absurdo e irracional: eran bosnios, una etnia diferente.

El coronel, que ya había destacado en el Ejército Popular Yugoslavo por su carácter estoico e impasible, no dudó en ordenar la muerte de hombres, mujeres y niños. El silencio que prosiguió a la barbarie aún sigue latiendo en el corazón de los Balcanes.

Mladic, al que ya ha reclamado el Tribunal Penal Internacional para la antigua Yugoslavia, ha sido recordado estos días con los diversos apodos que le acompañan desde el final de la guerra de Bosnia: El carnicero de Srebrenica, El hombre de la mirada de hielo...

La mitificación que envuelve a estos macabros personajes no debe cegarnos de apreciar el dato más terrible que los asiste: su condición de seres humanos. Ese hecho es el que debe hacernos reflexionar y preguntarnos cuáles son las causas del terror que la humanidad lleva presenciado desde su nacimiento.

Solo si admitimos que Mladic, como el resto de genocidas, es un hombre igual que nosotros, podremos aprender que la barbarie no es un monstruo, sino el resultado del imperdonable error de considerarnos diferentes a los que la acometen.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 29 de mayo de 2011