Columna
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¿Dónde está Eduardo Zaplana?

Echo en falta a don Eduardo Zaplana Hernández-Soro. Qué tiempos, cuando al antiguo alcalde de Benidorm se le dedicaban fiestas y saraos, regocijos públicos que celebraban su liberalidad y su agudeza. Simboliza otras épocas: las del esplendor material. Éramos ricos, creíamos ser ricos o esperábamos ser ricos. Así era él -o eso pensábamos- y así queríamos o creíamos ser: avispados, dispuestos a atesorar fastuosamente, invitados a una recepción en la que de todo podíamos hartarnos. De cualquier cosa había en abundancia hasta quedar ahítos: bienes y recursos, relojes de gama alta y coches de mucha pompa, manjares exquisitos y whiskies finos.

Creíamos vivir gastando a manos llenas. Todo nos sobraba o eso esperábamos. De la prosperidad había que hacer ostentación, con empacho de gentes saciadas. Como el señor Zaplana. Pero ya no está: ya no lo tenemos habitualmente entre nosotros. ¿Acaso porque regresó a su humilde cuna? No. Tiene su colocación, un empleo en Telefónica muy bien remunerado. El señor Zaplana empezó con pocas propiedades, con un insignificante patrimonio. Muchos de nosotros también comenzamos así. Unos aún estamos aquí y otros, como él, están en lo más alto.

Con escasas pertenencias, sobrados de expectativas y algunas ambiciones, no fueron pocos los que se miraron en él. Era resuelto, expeditivo y cordial. Y además no parecía sentir culpa. ¿Acaso por ser un pícaro desvergonzado? No, no. Los pícaros son figuras literarias, ficticias. En cambio, el señor Zaplana es auténtico: ha ido ascendiendo hasta alcanzar las más elevadas cotas de la prosperidad personal. Muchos lo pensaron al ver su caso: para progresar hacen falta determinación y desfachatez. Pero no lo tengo claro: no creo que el señor Zaplana fuera simplemente un vivales o un fresco. Era el espejo, el reflejo de los nativos.

Pero en eso llegó Francisco Camps. Se cruzó en su camino y todo se torció. Creíamos que era su delfín. Y lo era. El señor Zaplana había sido generoso con él: le había facilitado su ascensión. ¿Y a cambio qué recibió? Todo tipo de desplantes, de desprecios: la exclusión. Francisco Camps habría demostrado una codicia desmedida desalojando a sus competidores. Eso es lo que algunos diagnosticaron.

Si echamos la vista atrás, hemos de aceptar que los tiempos del señor Zaplana fueron de mucho rumbo, de mucho lucro. Consiguió colocar a la Comunidad Valenciana en el centro del mundo. Nos montó un parque para entretenernos; y para las fiestas incluso a Julio Iglesias contrató. Y luego, al llegar Francisco Camps, ¿de verdad cambiaron tanto las cosas? No, nos apeó. Ahí seguimos, en lo más alto: con la mayor deuda de una Administración autonómica. Que sí, que aquí miramos lejos y a lo grande: allí donde está el señor Zaplana.

* Este artículo apareció en la edición impresa del miércoles, 11 de mayo de 2011.

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