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COSAS QUE NO DEBERÍAN EXISTIR (4) | Elecciones municipales y autonómicas

Geometría de un piso patera

El día a día de 11 senegaleses arrinconados en un apartamento de 50 metros cuadrados, o cómo el paro, la pobreza y la vida sin papeles pueden asfixiar el sueño de la inmigración

Los pisos patera Sin papeles ni trabajo ni dinero, la única salida para muchos inmigrantes es hacinarse para poder pagar por un pedazo de techo. Los pisos patera han sido una leyenda urbana de Madrid desde el 'boom' de la inmigración. No son un cuento. Son demasiado reales. Mostramos uno en esta serie preelectoral sobre los problemas de la ciudad. Cuéntenos en ESKUP las cosas que cree que no deberían existir en Madrid y envíenos un correo a eleccionesmadrid@elpais.es.

"La geometría solucionará los problemas de la arquitectura". Le Corbusier (1887-1965), arquitecto francés.

Este piso de Lavapiés tiene una superficie de unos 50 metros cuadrados, con un largo pasillo de entrada medio taponado por una fila de maletas de viaje que sirven de armario. Queda libre un corredor de 40 centímetros. En la sala -el espacio más grande- hay un sofá cama, una litera para dos, tres sillas y en una esquina, una columna insólita: la nevera, que no cabe en la cocina, sostiene una tele que funciona; sobre ella hay otra tele, que no funciona.

Los problemas de la arquitectura, sumados a los problemas de 11 senegaleses sin papeles ni trabajo, ni dinero, exigen esa solución geométrica, el piso patera. Toma su nombre de las barcazas de pesca (cayucos) en las que se hacinan inmigrantes africanos irregulares para intentar llegar a las Islas Canarias o al sur de Andalucía y quedarse en España, una vía de entrada que ha disminuido mucho en los últimos cinco años. En 2006 llegaron 39.000 barcas. En 2010, 3.600 -ninguna de Senegal-.

"En el piso es difícil aguantarse pero en el cayuco te vuelves loco"

Tocan a unos cinco metros cuadrados por habitante y no hay zonas privadas

De los 11 inquilinos, 10 no tienen papeles y tres han estado en un centro de internamiento

La antena de 18 euros y el abono a una programación digital son sus lujos

La analogía de la patera, que ellos mismos utilizan, es limitada: "Hacemos la comparación por la cantidad de gente que hay en el piso, pero no es nada parecido", explica un senegalés que vivió en esta casa de Lavapiés. "En el piso no hay intimidad, es difícil aguantarse entre nosotros, pero el cayuco es una sensación que no se puede definir. Te vuelve loco".

El piso patera tiene unos cinco metros cuadrados por habitante. No hay zonas privadas. Las dos habitaciones, a las que se pasa desde la sala, son minúsculas y no tienen ventanas. En una hay una litera y un colchón; en la otra, dos colchones. Entre ambas duermen siete personas, y otras cuatro pasan la noche en la sala. Una comparación para valorar las condiciones de vida en esta casa: la norma que regula el castigo a los presos en España, la Ley Penitenciaria, dice que cada uno debe tener una celda para él solo (aunque luego, por falta de espacio, no se cumpla la norma).

La cocina está al otro lado de la sala. Es corta, estrecha y tiene un cráter horroroso en el techo. El espacio es reducido, para un solo chef, pero también funciona como pasillo para ir al baño -un cubículo con un lavabo, un retrete y una ducha- o acceder a un patio interior, al aire libre, en el que está instalado el calentador del gas, rodeado de tres bombonas de butano.

Sin embargo, para los inquilinos del apartamento no es una prisión. Es un hogar. Y un refugio. De los 11 inquilinos, entre 25 y 45 años de edad, 10 no tienen papeles y tres han estado en el centro de internamiento de extranjeros de Aluche. No quieren dar su nombre ni que aparezcan sus caras en una fotografía. Temen que la policía los identifique y los detenga por no tener permiso de residencia. Se sienten "perseguidos", una apreciación que casa con la de sindicatos policiales y ONG, que han denunciado supuestas redadas contra inmigrantes por ser sospechosos de no tener papeles, sin indicios criminales, y que no concuerda con el desmentido de oficio del Ministerio del Interior.

Uno de los habitantes, serio, pausado, con estilo rastafari, asegura que ha pasado diez veces por el calabozo y que en 2008 estuvo 40 días encerrado en Aluche. Durante el día que dura el reportaje no se mueve de casa. "Para salir a la calle tengo miedo. Salgo al locutorio, o a la frutería, y luego vuelvo", dice. Se entretiene con el ordenador, pinchando cupe dé calé (un tipo de música de Costa de Marfil), o recreándose con el vídeo de un chino que se desgañita cantando en wolof, la lengua senegalesa que hablan entre ellos, todos originarios de un pueblo llamado Kayar.

El distrito Centro es el que acumula la mayor cantidad de inmigrantes senegaleses, 911 de los 2.521 que están empadronados en la ciudad, y Lavapiés es el barrio donde más se concentran. El número de pisos patera que hay en Madrid es incierto; ninguna administración les ha prestado atención, y quienes viven en ellos prefieren pasar desapercibidos.

Las precauciones de los habitantes del piso marcan las condiciones del reportaje: sin nombres, sin caras (a excepción de un chico que no le importaba). Se avienen a que su hogar-refugio aparezca en la prensa, como hicieron con un artista que rodó un documental con imágenes del piso o con un fotógrafo que está siguiendo su vida. Pero lo hacen con prevención, sin ninguna esperanza de que un artículo de prensa pueda hacer algo por ellos.

En el apartamento, por lo general, solo entran y salen senegaleses (inquilinos o amigos del barrio). La puerta nunca se cierra, solo se arrima: la síntesis cultural entre la hospitalidad de un pueblo africano y el mal agüero de una metrópolis contemporánea. La plaza del pueblo es la sala, un circuito cerrado en el que sucesivamente se van formando y deshaciendo grupos.

Lo único que permanece inmutable es la televisión, sobre su pedestal frigorífico, encendida alternativamente en dos canales que captan por parabólica, uno de fútbol y otro de lucha senegalesa, dos deportes que enlazan con naturalidad. "¡Eso es como la falta de Pepe!", exclama uno después de la colisión de dos africanos hormigonados -refiriéndose a la polémica expulsión del defensa del Real Madrid en un partido contra el Barcelona-.

La antena, que compraron por 18 euros, y un abono de 50 euros mensuales a una programación digital son los dos lujos del piso patera, que alquilan a un bangladeshí por 850 euros al mes. Entre los 11, según dicen, tienen lo justo para pagarlo a duras penas y enviarle algo a sus familias en Senegal (siete tienen mujer e hijos en su tierra).

La crisis económica y la oferta de cine gratis en Internet ha machacado el negocio al que se dedica la mayoría, la venta callejera de películas pirateadas. "Hace tres años podías ganar 20 euros al día, pero ahora puedes hacer 15 en una semana", explica uno de ellos, que casi ya no frecuenta el top manta. Los trabajos sin contrato en la construcción, antiguo nicho de empleo para sin papeles, también se han esfumado.

Vivir juntos les permite sobrevivir, pero tienen que vivir muy juntos para sobrevivir con tan poco. Gastan unos 100 euros a la semana en comida. La preparan por turnos, como se puede comprobar en un papel pingajoso pegado a la puerta de la cocina.

El día del reportaje se comió a las 17:45 (arroz con pollo, zanahorias, pimienta negra, chiles y repollo) y se cenó en torno a las once y media (cordero con patatas y guisantes). Diariamente, entre inquilinos y amigos senegaleses que pasan por allí, comen o cenan unas 25 personas en el piso, según cuentan.

Pobres, apretados en un espacio mínimo, ofuscados por la sombra de la policía, ¿por qué seguir en España? Tienen dos opciones: volver a su país sin papeles, de manera que si quisiesen regresar tendrían que volverse a subir a un cayuco, o persistir; una vida humilde en Senegal, un estado pobre de 12 millones de habitantes, con una renta media anual de 1.280 euros y cerca de un 50% de la población en paro, o una moneda al aire en Madrid.

"En Senegal, ahora, viviríamos mejor que aquí, pero sin futuro; aquí, vivimos peor, pero hay futuro... O pensamos que hay futuro", sopesa uno, sentado en el sofá cama. Y le da la risa: "Hay que seguir soñando".

Cinco veces al día, cada uno de los 11 senegaleses, todos musulmanes, reza mirando a La Meca en una habitación o en la sala. Si alguien reza, baja el barullo de las discusiones, centradas fundamentalmente en dos asuntos, si es verdad que los EE UU se han cargado a Osama Bin Laden, y si los árbitros están confabulados para que el Barcelona le gane al Real Madrid.

Fútbol y religión. El opio del piso patera, donde no se fuma ni se bebe alcohol. En la sala hay un póster de Dani Alves, futbolista del Barca, y otro de un imán senegalés, Sheikh Ahmadou Bamba, muerto en 1927. "Un hombre de Dios que hacía milagros", según los habitantes del piso. Son hombres de fe, persistentes. Son hombres sin medios para vivir dignamente y con mucho aguante. "Hay que seguir soñando"...

LO QUE OPINAN LOS POLÍTICOS

"Es una emergencia social"

EL PAÍS ha pedido a los responsables de Asuntos Sociales de los tres partidos con más ediles en el Ayuntamiento de Madrid, PP, PSM e IU, su valoración sobre el problema del hacinamiento en pisos de inmigrantes. A 14 días de las elecciones municipales del 22 de mayo, ofrecen su opinión.

- Concepción Dancausa (PP). La actual concejal de Asuntos Sociales sostiene que los Ayuntamientos no tienen competencias para afrontar esta cuestión, ya que las normas de empadronamiento están reguladas por el Estado (Ley de Bases del Régimen Local) y no se obliga a que haya un espacio mínimo por habitante.

Esta ley, según el Ministerio de Política Territorial y Administraciones Públicas, será sustituida este año. Dancausa espera que dé poder a los Ayuntamientos para "dictar ordenanzas que permitan establecer las condiciones de habitabilidad y ocupación". Quiere que se fije un "mínimo" de metros cuadrados por inquilino.

- Pedro Zerolo (PSM). "El hacinaminento es una emergencia social", dice el responsable de Servicios Sociales de la candidatura de Jaime Lissavetzky. Incide en que el problema de los pisos patera exige "un enfoque integral", de política social, "para evitar situaciones de marginación", y de vivienda, "garantizando el acceso a una vivienda digna a precios asequibles".

También defiende que las normas de empadronamiento tienen que ser más precisas: "El padrón debe ser una herramienta que indique cuánta gente vive, dónde y cómo lo hace".

Zerolo apunta otro aspecto del asunto, la posible responsabilidad legal de los propietarios de pisos saturados de inquilinos: "Soy partidario de denunciar aquellas situaciones fraudulentas de las que se lucren los titulares de las viviendas".

- Milagros Hernández (IU). La número dos en las listas del partido avanza que la próxima norma estatal, en desarrollo, establecerá una proporción mínima de espacio por persona. "Se está hablando de 10 metros cuadrados por habitante", dice.

Es partidaria de que el problema de los pisos patera se incluya en un plan integral de inclusión social. Hernández asegura que la única medida al respecto del Gobierno de Gallardón es que las oficinas de empadronamiento soliciten una inspección policial cuando una vivienda llega a 15 habitantes. "Si hay denuncias de vecinos, se paralizan nuevos empadronamientos; si no, no se actúa". Dancausa no respondió a la pregunta de EL PAÍS sobre este supuesto.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 8 de mayo de 2011

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