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La muerte de Bin Laden

Egipto, Hamás y Bin Laden

El primer efecto exterior del cambio en El Cairo ha sido el anuncio del acuerdo entre la Autoridad Palestina (AP) y Hamás bajo los auspicios del Gobierno egipcio, para formar un Gobierno de técnicos que convoque elecciones en Cisjordania y Gaza: la posible reconciliación entre las fuerzas palestinas enfrentadas.

Mientras Hamás dominara la Franja, Israel tenía una excelente justificación para no negociar, porque todo aquello que pudiera conceder la AP de Mahmud Abbas carecería de validez en parte del territorio palestino. Con la reconciliación, por tanto, cabría argumentar que, cumplidas ciertas condiciones, quedaría expedito el camino a las negociaciones. Pero no es así. El primer ministro israelí Benjamín Netanyahu, como si tuviera una paz de oferta, devolvía la pelota al campo palestino advirtiendo que la AP no puede hacer la paz a la vez con Hamás y con Israel; ha de elegir. Por ello, lo importante del acuerdo cairota no es que alumbre luz alguna sobre el futuro inmediato de Palestina, sino una eventual y nueva arquitectura política en el mundo árabe. Egipto reclama hoy su independencia; e incluso la muerte del líder mundial del terrorismo, Osama bin Laden, puede favorecer la emergencia estratégica de El Cairo.

Si Egipto se democratiza volverá a ser más que nunca la placa tectónica central del mundo árabe

La apertura de la frontera egipcia con Gaza, que ha debido ser moneda de cambio para arrastrar al movimiento integrista a la avenencia con la AP, y la liberación de otra hipoteca, la libre circulación de buques iraníes por Suez, son los primeros indicios de una nueva política exterior cairota. Todo ello no significa, sin embargo, que la democracia esté a la vuelta de la esquina, sino tan solo que se produce una recuperación de antiguos reflejos nasseristas, pero si Egipto avanza por la vía de la democratización volverá a ser con mayor fuerza que nunca la placa tectónica central del mundo árabe, posición que perdió por la firma de la paz con Israel en 1979 y el abandono a su suerte del pueblo palestino. Los acontecimientos tienen, con todo, su propia cronología y un Egipto incluso potencialmente democrático tardará un tiempo en estar en condiciones de influir decisivamente en Oriente Próximo. Pero, entre tanto, hay unos cuantos servicios que puede rendir al mundo árabe.

El primero es gravitar sobre Hamás para que renuncie al terrorismo y respete los acuerdos suscritos por la Autoridad Palestina con Israel, aunque la condena de la operación norteamericana que ha formulado el movimiento integrista es, además de un crimen, un gravísimo error que no augura nada bueno para el futuro. Pero ese Egipto sería el mejor interlocutor para que El Asad jugara la carta reformista en Siria; Arabia Saudí dejase de mover contingentes militares por Bahréin y el Golfo; Saleh dejara de jugar al gato y al ratón con la protesta popular sobre su renuncia a la presidencia de Yemen; y hasta para que Gadafi se lo pensara mejor en su aparente propósito de hacerse enterrar en las arenas libias.

Nada de todo ello es inminente, pero si la democracia del modesto Túnez resulta perfectamente resistible para los regímenes norteafricanos que esquivan la reforma, un Egipto democrático sería una bomba de tiempo contra las tiranías militares o feudales del Magreb al Machrek.

Igualmente, la muerte y desaparición de Bin Laden -cuyo cadáver es de esperar que un día veamos en efigie- es un buen golpe para El Cairo. No es cierto que el mundo árabe sea mayoritariamente favorable al insano maestro del terror, sino que lo ha considerado un mal necesario. Puede que esa mayoría crea que la política de Occidente y Estados Unidos es la verdadera responsable de que exista el bin-ladenismo; puede que no haya sentido el mismo horror que abatió al mundo occidental cuando cayeron las Torres Gemelas; pero el mundo árabe tampoco vive hipnotizado por la imagen de Bin Laden. Lo que sí hace es asumir algunas de sus reivindicaciones, y por ello la idea movilizadora de Al Qaeda es un rival para cualquier potencia que aspire a la hegemonía en ese medio. La muerte del gran fanático, y más aún sin que haya un cadáver que venerar por sus acólitos, no acaba con el terrorismo internacional, pero sí deja un vacío en el imaginario colectivo que un Estado de derecho, que no tiene por qué ser religioso-islamista ni laico a la occidental, puede llenar.

Es toda una recomposición de peones en el tablero de Oriente Próximo y el Magreb la que se produciría con un Egipto que obrara por fin sin ataduras poscoloniales, y con un objetivo plenamente democrático en el punto de mira.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 4 de mayo de 2011