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Análisis:ANÁLISIS | La muerte de Bin Laden

El cierre de una década oscura

La muerte física de Osama bin Laden llega tras la muerte política del líder de Al Qaeda, liquidado por las revoluciones democráticas árabes, cuyos eslóganes estaban en las antípodas de su ideología islamista radical. Si lo hubiera eliminado George W. Bush durante la guerra contra el terror, Bin Laden habría podido servir de mártir para la causa yihadista e incluso de símbolo para los diversos movimientos antioccidentales del mundo musulmán. Su desaparición cierra una década oscura en las relaciones entre el mundo árabe y musulmán y Occidente, una década que comenzó con los atentados del 11 de septiembre y ha terminado con la Revolución del Jazmín en Túnez, la plaza de Tahrir en El Cairo y las aspiraciones de los pueblos árabes a la democracia y los derechos humanos.

El cambio que se está produciendo en el mundo árabe encuentra aliento en la muerte de Bin Laden

Por supuesto, la nebulosa de Al Qaeda continúa existiendo y conserva su capacidad de hacer daño. Nada menos que Ayman al Zawahiri, su principal ideólogo y propagandista desde que Bin Laden empezó a aparecer cada vez menos en los últimos años, acaba de difundir un vídeo de una hora de duración en el que prodiga sus frases de ánimo a Abbud al Zomor, un yihadista detenido con ocasión del asesinato de Sadat, crecido con la caída de Mubarak y que acaba de poner en marcha un partido político de corte islamista radical en Alto Egipto.

Al Qaeda en el Magreb Islámico (AQMI) tiene aún en su poder, como rehenes, a cuatro franceses, y todavía no se han desvelado todos los secretos del atentado de Marraquech. El terrorismo sigue presente, pero su capacidad de movilizar a las masas musulmanas es más débil que nunca. A Bin Laden se le criticaba mucho en público, desde Casablanca hasta Yakarta, pero se le elogiaba en privado por haber infligido una inmensa humillación a Estados Unidos; con su eliminación en una operación militar y política "intachable" del presidente Obama, este recupera las riendas, y el efecto sobre la psicología de las masas en el mundo islámico debería contribuir a disipar esas ilusiones.

Los déspotas árabes habían conseguido aplazar el cambio 10 años a base de agitar el miedo: Ben Ali, baluarte contra Bin Laden. Al Qaeda ha ido perdiendo importancia y el espacio político árabe se ha abierto desde diciembre de 2010; han caído Ben Ali y Mubarak, y otros aguardan su turno. Ahora ha caído también, de forma definitiva, Bin Laden. El cambio que está produciéndose en el mundo árabe, obra de las fuerzas sociales y políticas locales, encuentra motivo de aliento en la muerte del más carismático de los yihadistas, y la prudencia de la que han hecho gala los portavoces de la Casa Blanca, que han evitado todo triunfalismo -no han difundido la foto del cadáver e incluso han anunciado que se le había tratado "con arreglo a los ritos musulmanes"-, tiene como fin, sin duda, impedir que se echen a perder los beneficios políticos innegables que supone su muerte.

Los retos a los que se enfrenta el presidente Obama son considerables. Este presidente, del que se burlaban sus adversarios de los Tea Parties porque le consideraban pusilánime en todo lo relacionado con Oriente Próximo y pensaban que se preocupaba demasiado por los intereses árabes -y palestinos- desde su discurso de El Cairo, ha conseguido lo que los matones de la Administración anterior no habían logrado, pese a los patinazos liberticidas de la guerra contra el terror: matar al responsable de los atentados del 11 de septiembre, "hacer justicia", según su propia expresión, a las víctimas inocentes del World Trade Center, el Pentágono y el avión que se estrelló.

Aparte de la popularidad que esto va a proporcionarle con vistas a la reelección, dispone ya de la baza fundamental que puede ayudarle a desbloquear la situación en Oriente Próximo, con el relanzamiento del proceso de paz y el reconocimiento del Estado palestino durante la Asamblea General de la ONU en septiembre.

Gilles Kepel es politólogo y especialista en el islam, profesor en la facultad de Ciencias Políticas de París y miembro del Institut Universitaire de France. © Gilles Kepel. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 4 de mayo de 2011