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Crítica:TEATRO

Interesantísimo 'thriller' científico

COPENHAGUEN. De Michael Frayn. Traducción: Llorenç Rafecas. Dirección: Ramon Simó. Intérpretes: Pere Arquillué, Lluís Marco, Rosa Renom. TNC, Sala Petita, Barcelona. Hasta el 5 de junio.

Copenhaguen, del polifacético autor inglés Michael Frayn (1933) -dramaturgo, novelista, periodista, traductor del ruso y doctor en filosofía por la Universidad de Cambridge- es uno de esos textos que merecen una relectura.

A partir del encuentro que tuvo lugar en la capital danesa en 1941 entre los físicos Niels Bohr, danés y de familia judía, y Werner Heisenberg, alemán y excolaborador del primero, el autor de Pel davant i pel darrera (sí, es el mismo) se adentra en la relación subatómica entre la materia y la energía para intentar reconstruir una cita de la que poco se sabe, excepto que supuso el fin de la amistad entre ambos. Heisenberg estuvo a cargo del proyecto para la fabricación de la bomba atómica en Alemania durante la II Guerra Mundial. Bohr se involucró en el de Estados Unidos cuando huyó de la Dinamarca ocupada y se instaló en Los Álamos.

De trasfondo ético-filosófico, el material de Copenhaguen es curiosamente tan denso como ameno. La mecánica cuántica matricial, la fisión nuclear, los isótopos del uranio, el principio de incertidumbre o la teoría de la complementariedad se explican y se combinan ágilmente con la intriga sobre qué pasó realmente durante ese encuentro y la responsabilidad moral implícita en la explotación de la energía atómica en tiempos de guerra, o por qué Heisenberg falló en los cálculos sobre la masa crítica necesaria para dar con la bomba, todo ello en boca de tres personajes (aparece la esposa de Bohr) muy bien definidos y capaces de acercarnos a una temática tan ajena como esta a partir de sus recuerdos, dudas y olvidos.

Y es que todo empieza con otro encuentro: el de los tres una vez han pasado, como suele decirse, a mejor vida.

A las excelencias del texto, se suma, en este montaje que firma Ramon Simó, una puesta en escena que ayuda en todo momento a la comprensión de las implicaciones que de él se derivan. Su reto era el de trasladar un material peligroso y lo ha hecho desde una sobriedad tan eficaz que da la sensación que no ha hecho nada, por la naturalidad y fluidez de su desarrollo. Lo más difícil, vamos.

Los intérpretes están estupendos. Tanto Lluís Marco (Bohr), Pere Arquillué (Heisenberg) como Rosa Renom (Margrethe) hacen suyas unas teorías y una problemática que nos quedan muy lejos. Entendemos, a través de ellos, los recovecos de unas mentes privilegiadas. Margrethe juega en este sentido un papel muy importante por su función de pivote con la que se aclaran algunos conceptos un tanto crípticos.

Lo único que va en contra de la aparente espontaneidad es el dispositivo escenográfico, atractivo por un lado (suelo de tablas de madera muy nórdicas), pero algo engorroso (mesas y taburetes emergen de ese suelo por acción de los intérpretes que tienen que ajustar además los mecanismos de seguridad).

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 4 de mayo de 2011