Buena madurez de Rojas y Rodríguez
Rojas y Rodríguez recibieron muy pronto en sus comienzos un mote cariñoso de la profesión: "Los niños"; pues resulta que los chicos han crecido, se han liberado de todo lastre umbilical en su estética y están ahora alcanzando adultez artística en toda regla, plena. Cambio de tercio vuelve (desde su estreno en el añorado Teatro Albéniz) para celebrar 15 años de trabajo juntos en una ojeada al pasado remoto del baile escénico español y su tipismo, pero desde la estética neo-pop que generacionalmente les corresponde. Eso justifica el título y la asunción de ciertos estilos al uso, unos más corraleros que otros, con humor y dándolo todo de sí. Los niños son de lo mejor que tenemos en su generación y no defraudan.
Cambio de tercio
Dirección artística, coreografía y baile: Ángel Rojas y Carlos Rodríguez; vestuario: Vicente Soler; luces: David Pérez. Música: D. Jurado, G. Rodríeguez y otros. Teatro La Latina. Hasta el 5 de junio.
Ellos dominan el magro tablero disponible, están más asentados, se dan espacio el uno al otro y el tándem funciona a todo gas. Ángel más recio (filigrana en el zapato, quiebro sentío y buscando un lirismo interior) y Carlos esmerado en su virtuosismo natural, con su palillo diáfano, a compás, el giro muy lucido. Tanto en pareja como por separado se les ve con placer, se les disfruta. Las cuatro bailarinas del cuerpo de baile cumplen y el violinista merece otra vez un bravo particular (a pesar de la amplificación asesina que lo baldó).
Los tres coreógrafos invitados aciertan con incursiones refinadas en lo vernáculo: un Rafael Campallo que debíamos ver más en la capital, Rocío Molina atenta al detallismo y Manuel Liñán, rascando gracejo de patio solariego. El vestuario, que empieza discreto, sigue pareciendo estridente (los zaragüelles, sin embargo, se han atemperado como la obra misma, para bien); estos trajes padecen el mal cromático, algo así como el cólico miserere de los tejidos. Pero el buen baile triunfa y mitiga la ufanía del volantillo.

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