Columna
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Soberanía y después

La primavera está resplandeciente, con sus trombas de agua, sus promesas en flor, su Aberri Eguna. Todo es tan cíclico que a veces dudo de la pertinencia del tiempo lineal, esa flecha que supuestamente nos llevaría a lo nuevo, al futuro, a lo desconocido... Una vez más, el pasado domingo se reivindicó la independencia o, en la habitual versión ambigua del PNV, "más Estado vasco". Y llegó la cíclica misiva de ETA, otorgándose el papel del Gran Benefactor que se dirige a su Pueblo en ocasión tan señalada. Un comunicado especialmente repugnante en cuanto que utiliza la primera persona del plural para meter en el mismo saco a las personas que crearon las ikastolas, los medios de comunicación en euskera, las cooperativas y otros muchos movimientos sociales. Todos a una, colaborando con mayor o menor sacrificio (mayor los abnegados "gudaris", claro) en la misma lucha hasta conseguir un Estado vasco, según el exaltado autor del panegírico.

Y una vez más, el ramillete de partidos nacionalistas que ha celebrado el Aberri Eguna no se ha molestado en explicar en qué consistiría eso tan idílico de la independencia. Y mira que podrían hacer un pequeño esfuerzo para tratar de convencer a la gran masa desafecta de las bondades de la secesión, más allá de la cantinela del "derecho a decidir" (derecho que ya ejercemos como mínimo en cada proceso electoral). Para empezar: ¿la independencia es un fin o un medio? ¿Esa soberanía plena sería únicamente un cambio de fronteras o, más allá, un cambio de modelo de Estado y de modelo de democracia? (¿Qué significa exactamente esa "Euskal Herria independiente y socialista" que pregona la izquierda abertzale?). Según como fuera ese cambio, es poco probable que pudiéramos pertenecer a la Comunidad Europea: ¿qué ganaríamos con esa salida? El pasado domingo y en estas mismas páginas, Enrique Martínez Flórez alegaba que la petición de soberanía no tiene mucho sentido en un contexto en el que la política económica viene marcada por Europa y los mercados financieros internacionales. Es decir, que la soberanía estatal es menos soberanía que nunca. A menos que se propusiera romper con todo eso. ¿Alguien lo propone seriamente?

Pero supongamos que seguimos en Europa, intentando formar una buena democracia. ¿En qué consistiría ésta? ¿Cómo se gestionaría el pluralismo de la sociedad vasca, cómo las tensiones que sin duda se habrían disparado en el proceso de secesión? ¿Se respetaría igualmente el derecho de autogobierno y de secesión de sus provincias o regiones? ¿Qué política cultural y lingüística se seguiría, y en qué se diferenciaría de la actual? Presumiblemente, una política nacionalista tendente a homogeneizar a los ciudadanos en un modelo de vasquidad predeterminado. En ese caso, ¿sería igualmente cooficial el castellano? Etcétera, etcétera. ¿Por qué los nacionalistas no hablan nunca de estas cosas?

* Este artículo apareció en la edición impresa del miércoles, 27 de abril de 2011.

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