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Reportaje:

El 'tío Sam' reclama su dinero

EE UU trata de recuperar los impuestos que muchas de sus grandes empresas dejan de pagar por sus beneficios en extranjero

El entramado fiscal de EE UU es un coladero. Pero hay un agujero en concreto que los legisladores del Capitolio, ya sean republicanos o demócratas, están deseando tapar: el que permite a grandes corporaciones como Google, Microsoft,

General Electric, Cisco Systems, Oracle o

Pfizer ahorrarse el pago de cientos de millones en impuestos redirigiendo sus beneficios fuera del país.

El debate sobre la reforma del régimen impositivo a las empresas gana fuerza a medida que Washington trata de dar con la fórmula que le permita reducir el déficit, que este año llegará a un récord de 1,6 billones de dólares.

Al poco de llegar a la Casa Blanca, el presidente Barack Obama amenazó con cortar de raíz el dinero que iba hacia paraísos fiscales. Pero en lugar de dejar el dinero en casa o de repatriar sus fondos desde Bermudas o Islas Caimán, las corporaciones estadounidenses no tardaron en dar con una alternativa más segura, colocando sus inversiones en países como Irlanda, Holanda y Suiza, donde los impuestos son mucho más favorables. ¿Es legal que lo hagan? La respuesta es sí, aunque se dice con la boca cerrada.

Las empresas solo aportan el 9% de la recaudación fiscal, frente al 32% de 1952

El Tesoro deja de recaudar hasta 90.000 millones de dólares anuales

El último gran cambio en el régimen fiscal de las empresas estadounidenses se introdujo hace 25 años. Entonces se redujo el impuesto de sociedades del 46% al 34%, eliminando deducciones e incentivos. Pero la reforma, impulsada por el entonces presidente Ronald Reagan, abrió una puerta para que las empresas redujeran el pago de impuestos al tío Sam gracias a la manera de estructurar los beneficios que generan sus operaciones.

El impuesto de sociedades ronda ahora el 35,1%, el más alto entre los países industrializados y por encima del 25,7% de media de la OCDE. Otra historia es si llegan a pagar tanto. El Internal Revenue Service (IRS), la agencia encargada de recaudar los impuestos en EE UU, calcula que la fiscalidad efectiva es del 27%. La firma MF Global lo rebaja al 20% para las corporaciones con un capital superior a los 10.000 millones.

Es la misma carga fiscal que se aplica a un empleado. Esto explica por qué las compañías usan sedes en el extranjero para reducir la factura. Y se consigue gracias a los bautizados como offshore profit centers, o centros de beneficios en el extranjero. Es una estrategia que permite a las grandes empresas usar el régimen fiscal para elevar los beneficios, a la vez que les anima a invertir más fuera que dentro de EE UU.

A diferencia de otros países industrializados, EE UU aplica el impuesto de sociedades cuando los beneficios de las corporaciones son repatriados. Esto explica que 1,2 billones de dólares estén atrapados en el extranjero. Lo dice en voz alta el consejero delegado de Cisco Systems, John Chambers, el mayor fabricante mundial de dispositivos de red.

De los 40.200 millones en efectivo que la compañía tecnológica tiene acumulados en balance, solo 3.100 millones están en EE UU. El grueso aparece en las cuentas de sus subsidiarias en el extranjero. La historia se repite una y otra vez de una forma consistente. Se calcula que el 9% de la recaudación total llega a través del impuesto de sociedades, frente al 32% de 1952.

Hay compañías que, sin tener operaciones en el extranjero, son capaces de reducir el pago de impuestos con la misma estrategia. Es el caso, por ejemplo, de la farmacéutica Forest Laboratories. El grueso de las ventas de su antidepresivo Lexapro se hace en EE UU. Su sede está en la ciudad de Nueva York, pero los beneficios aparecen en la cuenta de su filial en Bermudas.

Por esta vía, los economistas calculan que el Tesoro de EE UU está dejando de recaudar hasta 90.000 millones de dólares anuales en impuestos. La comisión bipartidista sobre responsabilidad fiscal estima que con la reforma del régimen fiscal podría reducirse el déficit en unos 80.000 millones para 2015, cantidad que se elevaría a 180.000 millones en 2020.

El conglomerado General Electric (GE) es otro de los más agresivos a la hora de presionar a Washington. Su consejero delegado, Jeff Immelt, por cierto, está ahora al frente del consejo que asesora a la Casa Blanca sobre innovación y creación de empleo. Le apoyan la Business Rountable y la Cámara de Comercio, los dos grandes grupos de presión de la empresa.

GE no es precisamente un buen ejemplo. El conglomerado pagó 3,6 centavos en impuestos por cada dólar que ganó durante los últimos tres años. La cadena comercial Wal-Mart, como otras compañías del sector de la venta minorista, pagan 34 centavos. Esta discrepancia es en la que se apoyan los expertos para reflejar el problema de la estructura fiscal en vigor en EE UU.

Chambers y otros empresarios intentan que el Tesoro conceda una amnistía fiscal para repatriar esos fondos con una tasa reducida. Es una de las técnicas que permiten a estos gigantes evitar al final el pago de los impuestos que les corresponde por ley. Sin embargo, algunos expertos lo ven como un estímulo a la economía y al empleo. Pero la Casa Blanca se niega de momento.

¿Generaría esa repatriación empleo? La Administración de Bush ya hizo un guiño en 2004 a las grandes corporaciones, al permitirles que trajeran de vuelta los beneficios a una tasa reducida del 5,25%, en lugar del 35%. Las compañías repatriaron entonces unos 312.000 millones. Pero gran parte de ese dinero se utilizó en la recompra de acciones y para elevar el dividendo a los accionistas.

El presidente Barack Obama mostró en enero, en su discurso sobre el Estado de la Unión, su deseo por afrontar esta reforma. Y la idea que tiene en mente es similar a la que inspiró el cambio de 1986: rebajar el impuesto a la vez que se reducen las exenciones fiscales a las empresas.

El secretario del Tesoro, Timothy Geithner, se reúne desde febrero con ejecutivos del mundo de los negocios para discutir la manera de afrontar la reforma. La semana pasada, en el Senado, Geithner se declaró optimista y dijo que espera empezar el proceso en breve, con una propuesta que no afecte negativamente a la recaudación, pero que apuntale la inversión y la competitividad.

Lo que no quiere tampoco Obama es que se vuelva a repetir la historia de hace siete años, cuando su antecesor, Bush, trató de evitar que las compañías siguieran llevando el dinero fuera de EE UU. En lo que coinciden en uno y otro lado es que el sistema no tiene sentido, porque empuja a invertir fuera del país. Y como dice Chambers, los Gobiernos extranjeros se aprovechan.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 24 de abril de 2011