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COLUMNA

Brechas y populismos

Karl Polanyi ya advirtió en su tiempo que era necesario asegurar la primacía de lo político sobre lo económico para evitar la solución fascista. En la crisis actual, el poder político está haciendo gala de toda su impotencia frente al poder económico, y el populismo de extrema derecha está ganando votos a capazos.

Fue quizás Marine Le Pen la primera en verlo: la respuesta de los partidos institucionales a la crisis le ofrecía la oportunidad de especular con el malestar de una ciudadanía que se siente completamente abandonada por los que gobiernan. Mientras Nicolas Sarkozy se ensañaba con los gitanos para ganarse al electorado del Frente Nacional, Marine Le Pen ya había emprendido un cambio de estrategia. El presidente francés llegaba tarde, que es lo que les ocurre a los que se mueven no en función de sus posiciones sino en función de las de los demás.

La política institucional deja en Europa un amplio espacio libre a la demagogia populista

Marine Le Pen había comprendido que en la coyuntura actual no era necesaria la sobreactuación racista y xenófoba, que da votos pero que también aísla. Con hurgar en el desamparo de las clases populares frente a la crisis tenía bastante. Y es lo que está haciendo, con cierto éxito en las encuestas.

El resultado electoral de la extrema derecha en Finlandia, que ha alcanzado, con cerca del 20% del voto emitido, el nivel de los principales partidos, confirma que el crecimiento del populismo radical en Europa ya no se asienta solo o principalmente sobre el discurso contra la inmigración, sino que ha encontrado en la crisis un gran filón, ante la irritación ciudadana por una estrategia política europea que socializa las pérdidas y privatiza los beneficios.

La política institucional -de Finlandia a España, pasando por todo el continente- ha dejado un amplio espacio libre a la demagogia populista, al abrir unas enormes brechas entre los Gobiernos y la ciudadanía. Y estas brechas tienen nombres: sumisión de la política a las exigencias del poder financiero -el mes de mayo de 2010 en España es un icono de ese momento-; rescates masivos de bancos y deudas soberanas cuando no hay la más mínima compasión con la hipoteca de los ciudadanos -el Gobierno español, autodenominado de izquierdas, se ha negado a considerar la dación del piso como cancelación de la hipoteca-; y abandono de cualquier criterio de equidad al repartir las cargas de la crisis.

A estas tres brechas, se ha unido la fractura interna europea. La imagen de un Sur despilfarrador frente a un Norte eficiente y calvinista, que desde Alemania se puso en circulación, es un regalo para la demagogia populista. Y efectivamente, allí está el partido de los Auténticos Finlandeses -su nombre lo dice todo sobre la basura ideológica con la que trafica- amenazando con romper con Europa si sigue los rescates de países a costa de los contribuyentes europeos. Es decir, el crecimiento de la extrema izquierda esta vez no tiene como base la explotación del sadismo ordinario de los ciudadanos contra los inmigrantes, sino el aumento del paro, los recortes en los salarios y en los derechos sociales, la discriminación a favor de los privilegiados, y el antieuropeísmo.

El populismo crece sobre los fracasos de los Gobiernos europeos y sobre la incapacidad de la izquierda para dar una respuesta a la crisis que priorice los intereses de las clases populares.

Estas brechas abiertas entre política y sociedad sangran en España. La súbita reaparición del expresidente del Gobierno José María Aznar, omnipresente en la escena nacional en las últimas semanas, y la reciente fotografía de la banda de los cuatro -el propio Aznar, Mariano Rajoy, Jaime Mayor Oreja y Ángel Acebes- colocan algunas sombras sobre el escenario. Podrían indicar que el Partido Popular quiere montarse sobre el "Arriba España" en la fase final de su asalto al poder.

Pero la estrategia de la derecha española frente a la crisis ha sido otra: el mantenimiento permanente de la sospecha sobre la situación de la economía nacional. Tarea en la que Aznar ha destacado, en un comportamiento impropio de un exjefe del Gobierno.

El populismo de la derecha española ha sido nihilista: cuánto peor, mejor. En mayo de 2010 optaron por mandar a España al rescate, y fue CiU la que lo evitó. Esta estrategia de apuesta permanente por el desastre quizá les lleve al poder, pero no es ajena a la pésima valoración que tiene Mariano Rajoy en la opinión pública.

No se olvide que una de las brechas que irrita a los ciudadanos es la que separa a Gobierno y oposición: la incapacidad de unos y otros para afrontar juntos las situaciones de alto riesgo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 21 de abril de 2011