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Los sondeos auguran la victoria del 'no' en la reforma del sistema electoral británico

Un sondeo de ICM publicado ayer por el diario The Guardian augura una clara victoria del no, con el 58% de los votos, en el referéndum del 5 de mayo sobre el sistema electoral británico. Hace un par de meses, las encuestas reflejaban un empate entre el y el no. De confirmarse el pronóstico, Reino Unido mantendría el actual sistema, "el primero que llega, gana", que otorga el escaño al candidato más votado, tenga o no la mayoría absoluta.

Y, por consiguiente, rechazarían la introducción del llamado "voto alternativo", que permite a los electores ordenar a los candidatos de acuerdo a sus preferencias, de manera que al final se adjudica el escaño el que obtiene la mayoría absoluta una vez se van escrutando las segundas y sucesivas preferencias.

En el fondo, lo que de verdad han de decidir los británicos es si quieren mantener un sistema, el actual, que favorece las mayorías absolutas o si prefieren uno, el nuevo, que tiende más a producir Gobiernos de coalición. El sistema vigente tenía toda la lógica cuando la política británica estaba dominada por dos grandes partidos: los votantes simplemente decidían cuál de ellos querían que gobernara.

Con el voto mucho más fraccionado que en el pasado, el sistema actual no refleja en el Parlamento el voto real de los británicos en las urnas. La fragmentación es tal que el viejo sistema ni siquiera ha sido capaz de producir una mayoría absoluta en las últimas elecciones, obligando a los conservadores de David Cameron a formar coalición con los liberales-demócratas de Nick Clegg.

La existencia de esa coalición es lo que permite que ahora haya un referéndum electoral. Pero es también lo que probablemente va a llevar a los reformistas a perderlo. Por varias razones. Primero, porque los conservadores no quieren una reforma que a la larga favorecería coaliciones de laboristas y liberales. Segundo, porque muchos laboristas rechazan la reforma porque temen perder sus propios escaños. Y, tercero, porque los que en condiciones normales hubieran apoyado el cambio electoral han convertido a los liberales en el chivo expiatorio de todos los problemas del país y a su líder, Clegg, en el político más odiado por haber ayudado a Cameron a llegar a Downing Street. Así, aunque los tories son los impulsores del draconiano ajuste presupuestario, la factura política la están pagando los liberales.

La campaña del referéndum se ha convertido en un ataque directo a Clegg, hasta el punto de que sus teóricos aliados a favor del nuevo sistema electoral, como el líder laborista Ed Miliband, se niegan a hacer campaña junto a él. Y los conservadores, sus socios en el Gobierno, le lanzan dardos envenenados. Como el que le disparó el lunes el primer ministro Cameron, al decir que el nuevo sistema favorecerá a los políticos que prometen en campaña lo que saben que no van a cumplir: una alusión, se cree, al fatal cambio de posición de Nick Clegg en el envenenado asunto de la subida de las tasas universitarias.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 20 de abril de 2011