Columna
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Melancolías

Zapatero ya es solo melancolía. En la izquierda cunde la meditación sobre lo que pudo ser y no fue. Y crece la sospecha de que nunca pudo ser porque desde el principio lo que se vendió era inconsistencia. Para ilusionar a la ciudadanía es necesario prometer algo que induzca a pensar que las cosas irán mejor. Zapatero irrumpió con un estilo que fue un bálsamo para una ciudadanía agobiada por el orgullo rabioso de Aznar. El nuevo estilo triunfó. Pero detrás del estilo, ¿había una política o solo eslóganes de ocasión?

La retirada de las tropas de Irak fue firme. Y dio apariencia de solidez a las expectativas, pero a partir de aquí crecieron las dudas. Bajar impuestos es de izquierdas, podía hacer pensar que nos encontrábamos ante un socialista adaptado a los nuevos tiempos, pero ahora se comprende que fue un disparate y que solo ha servido para desarmar un poco más a la izquierda. Su apuesta por la España plural carecía de convicción y de soporte: no sabía qué España quería. Esperaba que desde la periferia se lo resolvieran y cuando llegó la respuesta se asustó. Durante mucho tiempo este fue su método: abrir un tema, dejar que afloraran las respuestas, confiando en una extraña tendencia general a la armonía. Hasta que el toro le pilló unas cuantas veces. Y empezaron las rectificaciones, las contradicciones, las negaciones y, con ello, la desconfianza.

Al irse Zapatero, la ciudadanía descubre que al otro lado Rajoy está desnudo

Una vez anunciada su retirada, el Financial Times le da el aprobado que la ciudadanía le niega. Creo que es una buena síntesis de lo que ha sido el mandato de Zapatero: llegó con la ciudadanía llevándole en volandas y acabó sólo preocupado por gustar a los poderes económicos. En el tiempo que le queda, es probable que Zapatero remonte en la valoración de la opinión pública y que la melancolía se exprese en aplausos de despedida. Pero debilitado por su renuncia, durante el año que le queda solo podrá tratar de dar satisfacciones a los mercados. Ni siquiera tendrá espacio para permitirse una última licencia de rebeldía.

Casa con dos jefes, mala es de mandar. Zapatero es un hombre de poder. Y le cuesta cederlo. Anuncia que se va para difuminar su responsabilidad en el resultado de las municipales y autonómicas, pero quiere seguir controlando la casa, conservando el control del partido hasta el último momento. Ni el bipartidismo imperfecto español, ni el sistema de partidos que tenemos, hacen viable un partido con dos cabezas. Si el candidato a la presidencia no es a su vez secretario general del PSOE tendrá complicada la campaña, pero, sobre todo, el día después. Es más, la pretensión de Zapatero de conservar la secretaría general coloca al aspirante a presidente en una imagen de interinidad peligrosa. Es decir, no se aspira a ganar tiempo con un candidato de futuro, sino que se busca un candidato provisional para cubrir el trance. ¿Congreso o primarias? Las primarias solo tienen sentido si conducen a un congreso que elija secretario general al ganador.

Las primarias son inevitablemente duelos muy personales. Pero lo que el PSOE necesita en este momento es mucho más que una elección de líder. Tiene que construir la renovación ideológica que Zapatero deja pendiente. Tiene que demostrar que el PSOE tiene algo a proponer, más allá del seguidismo de las exigencias de los poderes externos a la política. Tiene que saber leer un mundo en cambio para el que ya no sirve repetir las coletillas de ritual. Tiene que demostrar que se puede hacer algo más que disimular la hegemonía de lo económico con el reparto de altas dosis de alpiste patriótico. Tiene que saber dónde está el progreso, en vez de repetir las apelaciones tópicas al progresismo. Y esto es mucho más exigente que elegir entre un gran profesional de la política, el mejor de la casa, pero cargado de pasado, y una mujer ascendente, pero demasiado marcada por el zapaterismo, que es lo que se acaba de esfumar. Si no se da algo más que un relevo de personas, dentro de unos años diremos que Rubalcaba y Chacón fueron entre Zapatero y el próximo presidente socialista lo mismo que Almunia y Borrell entre González y Zapatero.

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Pero la melancolía también alcanza a la derecha. Al apartarse Zapatero, la ciudadanía descubre que, al otro lado, Rajoy está desnudo. Y vuelve la nostalgia de Aznar, cuando la derecha se sentía orgullosa de sí misma. Rajoy huye de las ideas y los proyectos porque cree que con la ambigüedad logrará que le pueda votar todo el mundo. Política de subalterno.

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