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Con independencia de la autoridad que concedamos a las opiniones políticas de Botín y demás empresarios, supongamos por un momento que llevaban razón y que lo mejor para el país fuera posponer el dilema sucesorio y agotar la legislatura. Demos por hecho que incluso el PP participara de ese análisis, igual que Izquierda Unida y los partidos nacionalistas. Imaginemos que todos y cada uno de los españoles opináramos lo mismo. Por fin de acuerdo en algo, bien. ¿Pero con qué sustituiríamos entonces el morbo creado en torno al futuro de Zapatero y a la lucha -real o imaginaria- entre Chacón y Rubalcaba? ¿Seríamos capaces de renunciar, en favor de la salud económica, a la telenovela que desde hace tiempo nos sirve la prensa? ¿Con qué material narrativo compensaríamos el espectáculo de las "luchas intestinas del PSOE" o de la excitación contenida de Rajoy, a punto de alcanzar La Moncloa sin necesidad de conquistarla? ¿Nos hemos tomado acaso la molestia de calcular los beneficios que desde el punto de vista de la industria del entretenimiento produciría el anuncio de fuga por parte del presidente del Gobierno? Pensemos en lo que el asunto daría que hablar en las redes sociales, en la tele, en los periódicos, en las tertulias de la radio... Internet ardería, los foros echarían chispas, los blogs políticos roerían el hueso durante semanas, quizá meses... Amortizaríamos de golpe todos los cacharros tecnológicos adquiridos en Navidades y que comenzaban a languidecer por ausencia de contenidos. Contenidos, esta es la cuestión. Hemos llenado nuestra vida de contenedores que ahora es preciso alimentar. La continuidad política provocaría una calma chicha insoportable. Podemos renunciar a lo que la realidad tiene de realidad, pero no a lo que tiene de reality. ¿Habrá pensado Zapatero en todas estas cuestiones? A ver qué nos dice mañana.

* Este artículo apareció en la edición impresa del viernes, 01 de abril de 2011.

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