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Reportaje:SI LOS EDIFICIOS HABLASEN

Una biblioteca que es dos espejos

La Casa de Iván de Vargas se reinaugura tras una 'restauración conceptual'

El guía está explicando la basílica de San Miguel, pero los turistas le dan la espalda a la barroca fachada. La foto que mola es la del reflejo de la iglesia en la nueva biblioteca Iván de Vargas. Un geométrico muro de piedra con un enorme hueco que da a un patio de cristal que hace las veces de espejo. "La fachada de la iglesia se convierte así en mi fachada; afronta su situación urbana con un gesto contemporáneo", explica Ramón Andrada, arquitecto de la biblioteca inaugurada la semana pasada. En su interior, la iglesia se cuela por las ventanas animando el recorrido de la escalera a la zona de lectura. En el último piso hay una sala de cristal que flota sobre los tejados de Madrid. Desde su altura se puede mirar a los ojos a los angelotes que anidan en San Miguel. La visión de la iglesia está tan presente en el proyecto que hasta aparece en los planos.

Por fuera la biblioteca tiene dos partes: la nueva y la que parece antigua pero también es nueva. La primera es una obra "atemporal" según Andrada, un cubo de piedra y cristal de trazos contemporáneos; se construyó tras derribar unas fachadas falsas de 1951. La segunda es una "reconstrucción literal" de la Casa de Iván de Vargas, un edificio del siglo XVII construido sobre la finca del XI de dicho señor, que fue el patrón del patrono de Madrid: en su casa trabajaba de criado san Isidro.

Las fachadas originales estaban protegidas y el proyecto de Andrada preveía mantenerlas, pero cuando arrancó la obra en 2002 el edificio era ya "un enfermo desahuciado". "El ladrillo y el adobe se nos deshacían en las manos", dice el arquitecto, "consolidarlo no era físicamente posible y resultaba peligroso". Para evitar "una desgracia" el arquitecto demolió los muros históricos. En su lugar hizo lo que le pareció más cercano a una restauración real, una conceptual: "es como si las hubiera restaurado, punto a punto, en el 100% de los puntos". Colocó los escudos y cerrajerías que retiró antes de demoler, usó teja vieja y recreó el abombamiento de los muros revocados a la madrileña. Las nuevas fachadas que parecen antiguas son también un espejo: reflejan literalmente lo que hubo, pero no son lo mismo.

En la hemeroteca la historia del proyecto ocupa tres décadas. En los ochenta la familia Forns, propietaria del inmueble, se lo ofrece a Ministerios y Ayuntamiento. Solo queda un inquilino, el edificio está cubierto de maleza, hay ratas y desconchones, pero la mayor parte está en buen estado. Ninguna institución lo quiere, así que en 1989 se lo venden a una empresa privada. En los noventa los vecinos denuncian su creciente ruina y el Ayuntamiento ordena inútilmente en 11 ocasiones que se rehabilite. La empresa indemniza al inquilino para que se vaya y promete hacer pisos, pero no los hace, el edificio se llena de toxicómanos (dos mueren dentro).

El Ayuntamiento expropia la casa en 1998 y la cede a la Fundación Nuevo Siglo que nace como un foro para la defensa del patrimonio pero se convierte en un órgano para impulsar la candidatura olímpica. Convocan el concurso que gana Andrada y cuando arranca la obra este decide demoler amparado en un acuerdo de la Comisión de Patrimonio que le permite "sustituir las estructuras que se consideren oportunas". Izquierda Unida denuncia la demolición como un "atropello", el Colegio de Arquitectos dice que se ha realizado "dentro de una política de hechos consumados". Una investigación avala la decisión del arquitecto. Madrid no gana los juegos olímpicos y el proyecto se paraliza hasta 2005. En manos municipales, la obra se alarga tres años más de lo previsto.

En el silencioso patio interior de la biblioteca ya no se oyen los ecos de la polémica. Andrada ha mantenido la traza original y el patio conserva un pozo "milagroso" visitado durante siglos por san Isidro. También dos magnolios de 15 metros. "Conservarlos fue un empeño personal", dice el arquitecto que se ocupó de que se regasen y podasen durante una década de obras. Sus alargados troncos octogenarios se confunden con los pilares de madera. Unos y otros se miran en los cristales, creando un delicado y confuso bosque de reflejos entre lo viejo y lo nuevo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 7 de marzo de 2011