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COLUMNA

Plagio

Tú te llamas Karl Theodor zu Guttenberg, que es lo que le ocurre al exministro de Defensa alemán, y acabas creyéndote que eres Karl Theodor zu Guttenberg. Si Napoleón se creía que era Napoleón ya está todo dicho. No creo sin embargo que Cervantes se llegara a creer que era Cervantes ni Shakespeare que era Shakespeare (tal vez Borges sí cayó, en algún momento, en la ilusión de ser Borges). En todo caso, resulta imposible llamarse Karl Theodor zu Guttenberg (no nos cansamos de repetirlo) sin caer en el desvarío de ir por la vida de Karl Theodor zu Guttenberg, de ahí que el exministro alemán fuera también rico y guapo y noble, y que tuviera por delante un futuro que ahora solo tiene por detrás. Su error consistió en creer que llamándose de ese modo tenía también derecho al plagio, y yo se lo habría concedido, pues bien visto quizá no fuera un error. Es más, de haberme plagiado a mí, habría llamado enseguida a mi padre, para convencerle de que he llegado a algo. Papá, imagínate, me ha plagiado un libro entero Karl Theodor zu Guttenberg. No sé quién es, pero suena muy bien, hijo, enhorabuena.

De hecho, no estamos en condiciones de asegurar que lo de zu Guttenberg constituya un verdadero plagio, es decir, un plagio en toda la extensión de la palabra. Él lo ha calificado de "plagio involuntario" porque no se dio cuenta. Pensaba que todo lo que había escrito la humanidad lo había escrito para él. Estaba a su servicio, como el que dice. Es lo que tiene ser guapo y llamarse de ese modo, que acabas tratando a los escritores como la nobleza trata a los criados. Merkel ha lamentado mucho su dimisión, pero en el fondo piensa que es transitoria y que volverá cuando amaine el escándalo. ¿Por qué no? Ana Rosa, que está tan persuadida de ser Ana Rosa como Napoleón lo estaba de ser Napoleón, también volvió, y con enorme éxito.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 4 de marzo de 2011