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COLUMNA

Exprimidora

Una perturbadora coincidencia: el día en que el brasileño Ronaldo anuncia entre lágrimas su retirada del fútbol, Telecinco anuncia la suspensión del concurso Operación Triunfo por baja audiencia, tras solo cinco entregas. Los dos hechos evocan tiempos mejores. Ronaldo fue un jugador que alcanzó la gloria. Era un bebé que marcaba goles fabricados en un arrebato, como si en lugar de estirarse en la cuna, regateara a cinco defensores para cruzar el balón fuera del alcance del portero. Ronaldo jugaba entre bostezos y orgasmos. Mostró como nadie el gen brasileño, alegría infantil para el juego, pero cierta alergia a la exigencia. Similar a lo que representan jugadores exquisitos como Ronaldinho o Robinho.

Operación Triunfo también sacó de la cuna a sus bebés cantantes. La gente los acogió con euforia porque intuyó en ellos una pureza extraña, que escapaba a los cálculos, pese a que la televisión parezca tan calculadora; luego la industria musical los regaló ya masticados. Pero la exprimidora no descansa un segundo, necesitamos ese zumo de la novedad, embelesarnos cada día. La fatiga de materiales, la misma que destruyó las rodillas de Ronaldo y lo sumió en el hipotiroidismo, es la que ha convertido Operación Triunfo, tras ocho temporadas, en un programa de lentos reflejos, gastado como un ciclista sin aliento. La versión norteamericana, digna de reflexión, sigue en la cima de la popularidad.

En la mazmorra quedan los chicos que aspiraban al cielo. La gala final cumplirá con las bases del concurso, aunque el periodo formativo haya quedado reducido a una licenciatura en eyaculación precoz. Salir de allí los enfrentará a la primera decepción sin el colchón del éxito logrado ni el consuelo de creer ser alguien. El viaje de ser nadie a ser nadie también es aleccionador, puede que más que el de llegar a ser poca cosa, como les sucedía a los últimos graduados. Nadie, al comenzar una carrera, quiere imaginar la despedida, por más que Montaigne nos recordara que cada uno de nuestros días conduce a la muerte hasta que el último la alcanza. No había patrocinios publicitarios acunando al bebé Ronaldo el día en que se hizo viejo. Lástima que quienes podrían aprender algo de su futuro contemplando estas escenas, anden cegados por la cara brillante de las cosas.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 17 de febrero de 2011