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Análisis:ENTRE FANTASMAS | LIGA | 23ª jornada

Copas para dos

Con aires de primavera y contaminación galopante, ganó el marqués de Del Bosque su primer match amistoso en la sede del Club que, en su día, lo echó por feo. El resultado nos trajo reminiscencias del Mundial. Un solitario gol, en las postrimerías y de soslayo, salvó una contienda en la que, según el ínclito seleccionador nacional, se puso de manifiesto la buena actitud de los nuestros. La buena actitud la damos por supuesto.

Pero estos amistosos, intercalados en plena competición, suelen parecer un esforzado paripé del que escasas conclusiones se pueden extraer, salvo las derivadas de la taquilla y sus benéficas intenciones. Aunque el Barça sirva de base, sería aconsejable, y menos arriesgado, celebrar con mayor frecuencia ensayos a puerta cerrada. Por otro lado, el sistema de Guardiola es un sutil entramado que tarda en integrar elementos ajenos y, en cualquier caso, se vuelve inoperante si se practica al ralentí. Requiere un nivel de intensidad y rapidez mental que, hoy en día, solo se concita cuando algo más que la honra está en juego.

El sistema de Guardiola es un sutil entramado que tarda en integrar elementos ajenos y es inoperante al ralentí

Requiere un nivel de intensidad y rapidez mental que hoy solo se concita cuando algo más que la honra está en juego

Estas doctas apreciaciones provienen, en parte, de la perorata del capitán Grason ante una jarra de espumosa cerveza y con la rubicunda Doris en sus rodillas. A mi lado, la mujer invisible escucha con supina indiferencia. Nadie supera en sabiduría balompédica al orondo capitán Grason, cuyo cuerpo es una enorme pelota. A fin de cuentas, en fútbol, un balón tiene la última palabra. Quise saber, por tanto, lo que opinaba mi contertulio de un excelso entrenador que, a mitad del campeonato, se permitía declarar sin ambages que no importaba demasiado si su no menos excelso equipo quedaba segundo en una Liga que ya es solo cosa de dos.

Confidencialmente, precisé de qué entrenador se trataba, a qué equipos me refería y cuáles eran sus respectivas puntuaciones. Omitiré el nombre del entrenador para no provocar el desasosiego de determinados lectores, incondicionales admiradores del personaje en cuestión, cuyo apasionamiento podría afectar gravemente al séptimo de sus seis sentidos. El más excepcional. El sentido del humor.

Asumidas estas precauciones, el capitán Grason fue rotundo en la respuesta. "Es una argucia del amor propio", sentenció; "ese hombre sabe que la Liga todavía no está del todo perdida y confía en la impronta goleadora de sus jugadores para desbaratar las excelencias del contrario cuando, cara a cara y a cara o cruz, diriman sus diferencias en las Copas en litigio". Lo dijo con tal vehemencia que un espumarajo de cerveza salpicó el rostro de la mujer invisible pergeñando sus rasgos en el aire durante el lapso de un instante que me dio fugaz ocasión de atisbar su asombroso parecido con Patricia Highsmith. La rubicunda Doris, presurosa y asustada, trató de limpiar con un trapo la cara invisible de la mujer invisible y recibió una invisible bofetada.

Haciendo caso omiso del incidente, el capitán Grason reclamó a voz en grito otra jarra. Pero, antes de que se la pudiera llevar a la boca, sucedió algo inimaginable. Se nos apareció Dios. En persona. Tal y como era. Con su barba blanca derramada a borbotones sobre los pliegues pectorales de su nívea túnica. No se trataba del Dios de los ateos ni del Dios de los creyentes, sino del de Jardiel Poncela, que volvía de tournée. En los años de La República, Dios ya era forofo del Real Madrid. Y hacía trampas. Su influjo se dejó sentir hasta mucho tiempo después. Con la dictadura y por control remoto, paró el reloj del árbitro (Ortiz de Mendíbil) para que prolongara un partido hasta que su equipo preferido marcara el gol decisivo. En otra ocasión recurrió a un truco óptico para que el colegiado de turno (Guruceta) pitara penalti en una falta cometida más de un metro fuera del área.

Pero el advenimiento de una real democracia le hizo recapacitar.

Ahora se muestra equitativo y favorece a los más poderosos por igual.

"Pero sigo siendo del Real Madrid", advirtió, "y no consentiré que se hable a la ligera del mejor entrenador de este mundo". "¿De este mundo?", indagó el capitán Grason con perspicaz impertinencia. "En el otro, ya tenemos a Helenio Herrera jugando a las tabas con las estrellas", dijo Dios, y vació de un trago la jarra de cerveza.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 15 de febrero de 2011