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COLUMNA

El furor reformista

Ya en verano de 2008 hubo en el entorno de Zapatero quien le aconsejó anunciar un par de reformas duras que pusieran a la ciudadanía en situación para afrontar la crisis. Se venía de unos años en que todo parecía posible. Era necesario que la gente se diera cuenta de que los tiempos habían cambiado y que el Gobierno estaba dispuesto a jugar fuerte. Zapatero no escuchó. Porque no se acababa de creer que hubiera llegado el final de unos tiempos en que, en sus propias palabras, "daba gusto gobernar sobrando el dinero". Y porque todavía pensaba que había margen para tomar decisiones, más allá de las previsibles recetas ortodoxas de los que manejan el dinero en la tierra. Desde mayo pasado, Zapatero se ha puesto al frente de las reformas, primero haciéndose el remolón, prometiendo más que concretando, ahora con la fe del converso.

Si fracasa el pacto con los sindicatos y la patronal, habrá reformas igualmente

Esta semana está siendo el momento culminante del despliegue reformista. Y las prisas están generando improvisaciones que dejan demasiados flancos abiertos. Tenemos un ejemplo de ello en la lamentable historia de la ley Sinde. Presionado por sus lobbies familiares, el Gobierno presentó una chapuza que, después de pactar su reforma con el PP, es una chapuza y media. Por el camino se ha permitido el lujo de regalar a su adversario político la increíble imagen de ser más garantista y más amigo de los internautas que el PSOE. Con un éxito añadido para la derecha: la promesa de reconducción del canon digital, una tasa escandalosa que obliga a pagar por usos que no se han hecho. Otro ejemplo, la repentina presentación de un plan de privatización de las cajas, que antes de nacer ya se da por incompleto, y que demuestra que el presidente no ofrece resistencia ante la voluntad depredadora de los inversores. La tercera desamortización (antes fueron la de las tierras y la de las empresas públicas, después vendrá la de los servicios) está en marcha. El Gobierno -es decir, los contribuyentes- pondrán el dinero necesario para sanear las cajas en situación más delicada para que después los inversores puedan comprar limpio y barato.

A un Gobierno que va justo de pilas, le es difícil estar en todo, en pleno furor reformista del presidente. Pero, ¿qué ha cambiado en las convicciones de Zapatero para hacer ahora a toda prisa lo que no se hizo en tres años? Fundamentalmente una cosa: se ha dado cuenta de que su descrédito es tal que su reelección sería imposible aunque lloviera dinero sobre España. Con lo cual, ha decidido renunciar a la reelección y reformar todo lo que le pidan, con la esperanza de que, dentro de algunos años, la historia, o más bien su letra pequeña, reconozca que durante el segundo mandato de Zapatero se llevaron a cabo las reformas que permitieron que la economía española entrara fortalecida en una nueva etapa. Naturalmente, para que esto sea así, se necesitan tres condiciones: que las reformas se lleven a cabo; que sean realmente las que necesita el país, que no tienen porque ser forzosamente las que convienen a los mercados; y que dentro de unos años la ciudadanía las perciba como beneficiosas. Ninguna de las tres cosas está garantizada. Ahora la gente traga porque está asustada, pero un día puede decir basta.

Puesto que Zapatero no va a presentarse, lo que le ocurra al PSOE en 2012 ya no es su principal preocupación. Por eso, repite que las reformas se harán en cualquier caso, con consenso o sin consenso. Es decir, que si fracasa el pacto con los sindicatos y la patronal, habrá reformas igualmente. No hay marcha atrás para el presidente. Y, sin embargo, cualquier candidato socialista a las municipales o a las autonómicas sabe que el pacto social es condición absolutamente necesaria, aunque no suficiente, para evitar la debacle. Sin el contrapeso que la firma de los sindicatos pueda representar para un sector del electorado de izquierdas no hay posibilidad de salvación.

Pero Zapatero se va y lo que ahora le importa es quedar como el presidente reformista. Su duda es el momento de anunciar su marcha: antes o después de las municipales. Muchos barones socialistas quieren que se pronuncie ahora porque creen que esto les dará votos. Si lo retrasa, dicen, las municipales se llevarán por delante a ellos y al presidente. Pero es perfectamente posible que anuncie su partida y se los lleven igualmente por delante. Estamos en un punto en que los intereses del partido y del presidente ya no coinciden. Este quiere pasar a la historia, el partido salvar los muebles.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 27 de enero de 2011