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COLUMNA

Heavy: Iñaki sin curro

La agradecible sorna y el higiénico descreimiento de ese showman excepcional llamado Buenafuente desaparecen cuando entrevista a Iñaki Gabilondo, ese señor cuya presencia, personalidad, mensaje y voz, imprescindibles desde hace tanto tiempo para gente que aspiramos a poseer un par de neuronas, ha sido sustituida en la cadena que le albergaba por una cámara que filma sin prisas ni pausas las apasionantes vivencias de unos seres muy raros (que conste que no he escrito "tarados"), incluido su sueño, sus polvos, sus eructos, su limpieza dental, ya que la mental es inexistente. A la desbocada imaginación de los padres del dadaísmo no se le hubiera ocurrido semejante cambio, por otra parte, tan económico. El dilema, digno de frenopático, no radica en los protagonistas de Gran Hermano, legítimamente hambrientos de fama demencial, sino en el público que siente perdurable fascinación hacia lo que ocurre minuto a minuto en esa casa.

Buenafuente cita varias veces a Gabilondo como uno de sus eternos referentes. Cuenta cómo siendo muy joven y trabajando en la SER miraba con sentido reverencial a este cuando se desplazaba a Barcelona para hacer el programa, admirando el arte que era capaz de crear este hombre detrás de un micrófono. Iñaki, obligado al paro, no destila amargura ni rencor, sino temple, racionalidad, autoridad moral, agudeza, brillantez expositiva, normalidad, lo que ha caracterizado siempre a este comunicador irrepetible. Lamenta haberse dejado llevar por la ira y la agresividad con un personaje como Aznar. Yo disfruté mucho con aquella actitud tan sensata. Es crítico (cómo no serlo) con un pensamiento tan errático como el de Zapatero, acorralado por las circunstancias y por sus excesivos errores. Gabilondo afirma que sus hijos están criados y cubierto su futuro, pero que no es el caso de excelentes profesionales amenazados por la intemperie. También que los tiempos no solo están cambiando, sino que lo hacen a toda hostia. Y pobre del que no se adapte a esa continua revolución.

Pienso en ello observando en la calle, en los viajes, en los parques, en los bares, a cantidad de personal mirando obsesivamente la pantalla del móvil, el ordenador, el iPad, los más sofisticados. Deduzco que en su casa hacen lo mismo, con el añadido de la tele. Con lo bonito que es mirar el paisaje, los rostros, las nubes, el vacío, las musarañas. Qué miedo los cambios.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 22 de enero de 2011