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Crítica:Lisboa. Un melodrama | LIBROS / NARRATIVA

Secretos

La nueva novela del escritor argentino Leopoldo Brizuela se titula Lisboa. Un melodrama. ¿Por qué escribo esto como si lo subrayara? Porque el subtítulo hace referencia a un género de literatura muy específico, con su tradición y con sus reglas. Y no creo que el autor no haya tenido en cuenta estas características, que son en su novela sustanciales. El melodrama, desprendido de su complicidad con la música, es un género que tiene su campo abonado en la Francia posrevolucionaria. Intriga, trámites sentimentales de calado casi inverosímiles, un sentido de la felicidad sencilla, doméstica, son estas sus características grosso modo. Esto en cuanto a su estructura. Pero se da la circunstancia de que Brizuela tiene algunas ideas sobre cómo ciertos asuntos históricos quedan borrados de la memoria colectiva. La historia genera silencios, que decía John Berger, que hay que restituir. La novela puede acometer esta responsabilidad. Ya escribí en estas mismas páginas que Brizuela reconoce su admiración por Marcelo Birmajer, Pablo de Santis y Guillermo Martínez. De alguna manera Lisboa. Un melodrama pareciera acusa la presencia de estos autores. Está en sus líneas esa obligación estética y ética, y en medio de los dos, un sentido absoluto de la fruición narrativa. Las peripecias de la novela transcurren en Lisboa durante 1942. Es decir, durante la Segunda Guerra Mundial y en medio de la sospechosa neutralidad de Portugal (con Salazar) y España (con Franco). Y Argentina (con sus Gobiernos ultraconservadores). Tengamos en cuenta que Lisboa era por esa época una de las ciudades más concurridas por el espionaje internacional. Lisboa era también la ciudad soñada por todos los expatriados del nazismo (la ciudad a la que aspiró llegar para salvar su vida Walter Benjamin). Brizuela pone en juego varias piezas: algunas de ellas reales, como Enrique Santos Discépolo (el célebre autor de tangos como Yira, Yira, Cambalache), su mujer, la cupletista Tania, cierto perfil de Carlos Gardel y la gran cantante de fados Amália Rodrigues; otras ficticias, como el cónsul argentino en Lisboa Eduardo M. Cantilo. Como no podía ser de otra manera, teniendo en cuenta el tiempo histórico recreado y el papel de ciudad abierta que jugaba Lisboa en el tablero de una Europa en llamas, la novela está repleta de personajes, peripecias cruzadas, flash-back, romances disimulados. La vinculación de trama y música que desarrolla Brizuela, como para restaurar el núcleo conceptual del melodrama, es el paisaje que aprisiona varios secretos, entre los cuales uno es el esencial: el que esconde el cónsul y el que los lectores tendremos que descifrar entre la letra de ese tango inmortal titulado precisamente Secreto (una pieza sólo comparable a Tatuaje, cantada de Conchita Piquer), la jovencísima voz de Amália Rodrigues y lo que la historia no tenga tiempo de borrar. No es un secreto menor el de la construcción de la propia novela que leemos. Una novela de destinos a la deriva en pos de un destino para la novela. Me parece que Lisboa. Un melodrama, además también de una investigación amorosa, es el tipo de novela que se está obligado a escribir si se quiere ser un novelista de verdad.

Lisboa. Un melodrama

Leopoldo Brizuela

Alianza. Madrid, 2010

744 páginas. 22 euros

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 15 de enero de 2011