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Diseño

El orejero esconde las orejas

Las butacas de lectura camuflan o reducen los apoyos para la cabeza

La primera señal la lanzó Mariscal. Hace unos años presentó su idea de un sillón cómodo y doméstico, es decir, mullido, gastado, remendado incluso -hecho aparentemente con parches- y algo torpelón. Tenía forma de mascota y nombre de persona. El Alessandra, que produjo Moroso, quería poner al día el orejero clásico, esconderlo tras una apariencia menos casposa. Más ancha que la media y con una oreja gacha, la butaca jugaba con el efecto visual que producía la suma de geometrías irregulares. Parecía un sofá de cómic, pero era una pieza muy seria. Tanto, que abrió un camino.

Al poco llegaron los hermanos Bouroullec. Los franceses retomaron, el año pasado, la idea corregida. Su mensaje era claro: no había que tenerle miedo al orejero. Aunque ocupan mucho sitio, esos sillones con reposacabezas no podían desaparecer. Existían por razones de peso: sus respaldos altos, sus asientos de apariencia biomórfica, tienen un sentido. Permiten la lectura y, de paso, acomodan una siesta. Están pensados para descansar piernas y cabeza. Con la idea de darle nueva vida a ese invento, los Bouroullec se cargaron, con un solo gesto, casi todos los atributos convencionales del asiento: desde las tapicerías acolchadas, hasta los muelles, de la estructura de madera, a las legendarias orejas mullidas de los sillones de lectura tradicionales. El sillón Slow Chair de Vitra hacía todo eso. Ventilaba los almohadones de las butacas tradicionales, empleando como tapicería una malla tensada permeable, pero se quedaba con lo más importante: conservaba el descanso de piernas, espalda y cabeza. Sin orejas, permitía el reposo de la cabeza.

Los diseñadores creen que aunque ocupan espacio no deben desaparecer

Con esos precedentes, las versiones del orejero, con más o menos orejas, sobre estructura giratoria o sin tapicería al uso no han cesado de aparecer. Entre las más notables, la silla Club Chair (Uno Design), del estudio español asentado en Berlín El Último Grito, trabaja una oreja gigante. Emplea una gran pantalla, un biombo de rejilla translúcida en tensión que encierra a la silla en un ámbito privado. Quien se siente en ella estará presente pero a la vez aislado del lugar donde se encuentre. El respaldo y el asiento forman una sola pieza y la estructura que, partiendo de las patas, sujeta el biombo es de acero lacado en epoxi.

También Jaime Hayón ha desnudado este año un orejero para asentarlo. Al igual que Hermès llevó la estética de las espuelas y las herraduras a los pañuelos durante años, el madrileño ha explotado las monturas para reforzar sus asientos. En el orejero Lounger (b.d.), el metal, la madera de nogal y las tapicerías son reinterpretadas en la línea en la que Hayón retrocede al pasado para proyectarlo hacia el futuro. El diseñador ha desnudado el orejero. Lo ha enviado al gimnasio y este ha regresado con un cuerpo fragmentado en bíceps, escuetas patas metálicas -coloreadas en el mismo acabado que la estructura de tubo de acero- y con respaldo y asiento de madera contrachapada de nogal lacada.

Entre las últimas butacas del año, Ramón Esteve ha recurrido a la papiroflexia para dibujar las escuetas orejas de su butaca Oru (Joquer), que se apoya en una pata metálica pentagonal pintada del color del tapizado. Como el origami, el arquitecto valenciano aspira a aportar calma y paciencia a quienes reposen en él. Esa es la clave. El reposo le asegura larga vida al orejero. Aunque tal vez no a sus orejas.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 10 de enero de 2011