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EL CÓRNER INGLÉS | FÚTBOL | Ligas extranjeras

Llegar muy lejos con muy poco

- "Todo empleado tiende a ascender hasta su nivel de incompetencia".

-El principio de Peter.

La cara de Roy Hodgson, el entrenador del Liverpool, no era un poema. Era una tragedia griega. Era la pena, el abatimiento, el horror. La cámara de televisión se fijó en su rostro tras el tercer gol que le marcó el Blackburn Rovers a su equipo -un Blackburn sin 10 titulares- el miércoles por la noche. Y otra vez lo hizo, con lente despiadado, cuando su capitán, Steven Gerrard, falló un penalti que hubiera puesto al Liverpool 2 a 3, con la posibilidad de lograr un empate. Y uno no quería mirar. Era demasiado íntimo el momento, demasiado desgarrador. Sí, es solo fútbol, pero para este hombre el fútbol es vida e identidad, como también lo es para los miles, por no decir millones, de aficionados de un club que ha saboreado, y se siente digno de -y obligado a- seguir saboreando, la grandeza. Hoy la brecha entre mito y realidad se ha vuelto un océano. Tras la derrota contra el Blackburn el Liverpool legendario, homérico, se encontraba a cuatro puntos del descenso, luchando en Liga no contra el Manchester United o el Arsenal sino contra el Wigan y el Wolverhampton.

Benítez, culpable de un despilfarro épico, plagó al Liverpool de jugadores que nunca debió fichar

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"¿Qué siente?", le preguntaron a Hodgson en la rueda de prensa después del partido. "Desánimo, amarga decepción y frustración", murmulló. ¿Y su futuro? No pudo más el pobre hombre. Se levantó -a los tres minutos de comenzar el encuentro con los periodistas- y salió huyendo. Ayer lo despidieron.

Lo espantoso es la rapidez con la que Hodgson ha pasado de la gloria a la calamidad. La temporada pasada fue elegido, por abrumadora mayoría de votos, el entrenador del año en Inglaterra. Su hazaña: haber guiado al humilde Fulham a la final de la Liga Europa, que perdió, por estrecho margen, contra el Atlético de Madrid. Fue suficiente para que el Liverpool, tras echar a Rafa Benítez, lo contratara. Ahora, para el alivio de la afición, es Hodgson el que se va.

Hodgson es el Liverpool de los últimos años hecho carne. El equipo está plagado de jugadores que nunca deberían de haber sido fichados, la mayoría de ellos durante el mandato de Benítez, culpable de un despilfarro tan épico como la historia del propio club. Sean Dundee, Erik Meijer, David Ngog, Antholy Le Tallec, Bruno Cheyrou, Andreas Dossena, Sotirios Kyrgiakos y docenas más de jugadores igualmente desconocidos aterrizaron en el Liverpool para pronto descubrir que habían superado, por once pueblos, sus límites de competencia. Hodgson, igual. Lo mismo ocurre todos los días en todos los terrenos laborales. La diferencia es que el fútbol ocupa un escenario colosal y contiene los sueños de las multitudes.

La pizca de consuelo que le queda es que varios más entrenadores de la Premier League están hoy en la cola para morirse. Gérrad Houllier, ex del Liverpool, tiene los días contados en el Aston Villa; Avram Grant, que estuvo en el Chelsea, no parece que aguante mucho más en el West Ham. El futuro de Carlo Ancelotti, que ganó Liga y Copa con su Chelsea la temporada pasada, también pende de un hilo. Su equipo ha ganado solo un partido de los últimos 14. El miércoles perdió contra el Wolverhampton.

¿Lo hubiera hecho mejor Ancelotti en el Liverpool que Hodgson? Se supone que sí. Lo que tienen en común los buenos entrenadores es que son gente de carácter fuerte. Como Ferguson, Wenger, Mourinho y el propio Ancelotti, que sabe que la guillotina le espera a la vuelta de la esquina pero ha sido capaz de verle un lado cómico al drama que vive. Cuando apareció el otro día un aficionado a las puertas del estadio con una pancarta exigiendo que se fuera, el comentario del italiano fue: "¿Qué? ¿Solo una pancarta? ¡Entonces no hay problema!".

Hodgson es demasiado blandengue para tomar sus desgracias con filosofía. Y demasiado tonto también. Su problema de fondo fue que careció de la inteligencia y del autoconocimiento necesarios (como los Sean Dundee, los Bruno Cheyrou, los Sotirios Kyrgiakos, etc.) para decirle que no al Liverpool. Quizá el baño de agua fría que le acaban de dar le despierte y, en vez de lamentar su triste destino, acabe celebrando, como deberían de hacer tantos otros entrenadores de fútbol y tantas otras personas en áreas menos visibles de la vida, el haber llegado tan lejos con tan poco.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 9 de enero de 2011