Selecciona Edición
Selecciona Edición
Tamaño letra
Análisis:EL ACENTO

Mark Twain se vuelve decente

Hay escritores, como Hemingway, que consideran que la literatura moderna hecha en Estados Unidos se lo debe todo a una novela publicada en 1884, Las aventuras de Huckleberry Finn, firmada por Mark Twain, seudónimo de Samuel Langhorne Clemens. El libro recupera a buena parte de los personajes de Las aventuras de Tom Sawyer, que Twain publicó en 1876, y enseguida se centra en la relación del joven (y díscolo) Huck con su viejo amigo, el negro Jim, un esclavo que busca la libertad, durante un largo viaje de huida en una balsa por el río Misisipi.

En febrero la editorial NewSouth Books publicará en Estados Unidos una nueva versión de ambas obras. Con una particularidad: se habrán corregido todas las expresiones que hoy resultan racistas. Nigger, que puede traducirse por negrata, desaparecerá así de los libros de Twain: se hablará, con la mayor corrección política, de esclavo. También se quitará injun, una forma despreciativa de referirse a los indios de Estados Unidos. Una curiosa iniciativa, que coincide con el éxito de la descarnada autobiografía de Mark Twain.

La mojigatería del profesorado estadounidense ha conquistado, con esta iniciativa, alturas que producen rubor y vergüenza ajena. La idea fue de un tal Alan Gribben, responsable de lengua inglesa en la Universidad de Auburn (Alabama). Al parecer se ponía muy nervioso cuando hacía leer a sus alumnos algunos fragmentos de Twain. Le chirriaban sobre todo los términos racistas. Así que se le ocurrió limpiar todo aquello y darle esplendor: ha realizado 219 cambios. Y han quedado dos novelas nuevas, políticamente correctas, correctísimas.

En estos tiempos, donde incluso la manera de hablar de otra época produce indignación moral, se ha perdido de vista lo fundamental. La complicidad entre unos jóvenes blancos y un esclavo que pelea por conquistar la libertad resulta totalmente irrelevante frente al hecho de que todos ellos usen la palabra nigger. El profesor Gribben la ha borrado. Con otros que sigan su ejemplo, dentro de poco la literatura será otra cosa. Impecable en su terminología e intachable en sus formas, habrá perdido una de sus verdades: las voces de sus personajes.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 8 de enero de 2011