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Crítica:

Secretos inútiles

Narrativa. Los fastos suecos del Nobel Vargas, quien debe todavía preguntarse, desde la primera página de Conversación en La Catedral, cuándo empezó a joderse el Perú, me sorprenden terminando de leer esta novela del peruano Mirko Lauer, nacido en la antigua Checoslovaquia, que apareció en Lima en 1991 y que ahora publica esta editorial extremeña de las dos orillas. Este lector recordaba a Lauer de trabajos editoriales en Tusquets (un Ezra Pound, por ejemplo) y en Barral, pero no sabía nada de él como narrador y, por tanto, la sorpresa ha sido mayor: grata y estimulante. Secretos inútiles es una sutil y bien armada muñeca rusa, en la que nada es lo que aparece, o -mejor dicho- todo se va cambiando según se reduce el tamaño de la muñeca, que no la intensidad de la historia, pues simplemente modifica su eje. Un escritor que se llama igual que el autor de la novela viaja a San Francisco a entrevistarse con un viejo, que conoció y se relacionó con una escritora peruana. Un viejo que ha ido voluntariamente desperuanizándose -la lejanía es el olvido- y al que el escritor preguntón hará regresar a un pasado con el que rompió totalmente. Según avanza el relato, ese encuentro va a permitir descubrir piezas de esa muñeca rusa -una, dos, varias- y cada una irá desconcertando cada vez más el relato, del tal modo que al final, las muñecas rusas desparramadas por la mesa contienen y encierran una historia o su contraria. En Secretos inútiles el narrador fue a San Francisco por una historia y regresó con otra, diferente o no. Cara o cruz, pero una. Una historia trágica de amor, un crimen, pero también un deseo de ponerle distancia a un país, el de todos ellos, muy presente -para amarlo o detestarlo, para olvidarlo o añorarlo- en esta estupenda novela, que es también, y además, un ajuste de cuentas con la peruanidad.

Secretos inútiles

Mirko Lauer

Periférica. Cáceres, 2010

139 páginas. 16,50 euros

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 8 de enero de 2011