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Análisis:ANÁLISIS | Vida & Artes

Sintamos lo que sintamos, es normal

Recuperarse tras la pérdida de un ser querido es una de las experiencias más difíciles por las que ha de pasar el ser humano.

A pesar de que todos nosotros hemos de vivirlo alguna vez, nadie nos ha preparado para comprender lo que podemos experimentar; solo una cosa es segura: pase lo que pase, sintamos lo que sintamos, será una reacción normal.

Cuando alguien a quien queremos está viviendo un duelo podemos pensar que lo mejor es ayudarle a superarlo lo antes posible, pero el duelo es un proceso que puede durar meses o años y necesita ese tiempo para avanzar, recolocar emocionalmente al fallecido y seguir viviendo.

Inicialmente, es habitual encontrarse con una situación de incredulidad o shock emocional en el que la persona no puede asumir la pérdida, siente confusión y puede, incluso, negar la realidad de la pérdida. Esto se acompaña de una gran intensidad en las emociones negativas que llevan a pensar en la imposibilidad de sobrevivir al fallecimiento del ser querido.

Cuando se toma conciencia de la pérdida, es probable que se experimenten sentimientos de culpa, rabia, intolerancia y se reaccione de una forma agresiva con uno mismo o con los demás. La sensación de no poder continuar sin el ser querido se cronifica y tiñe nuestro día a día de tristeza, desesperación y falta de confianza en nuestra propia recuperación.

Cuando el tiempo avanza y comprobamos que podemos continuar, que superamos cada reacción de aniversario como el primer cumpleaños, las primeras Navidades, las primeras vacaciones de verano... Empezamos a cerrar la herida permitiendo su cicatrización, reconstruyendo nuestra existencia sin el otro.

Muchas personas tratan de encontrar un significado a esa pérdida y desarrollan actividades encaminadas a ese fin: escribir un libro en el que hablan de su ser querido o de la vida sin él, unirse a un grupo de duelo con la intención de ayudar a otras personas que estén experimentando lo mismo, obligarse a sonreír a la gente de su entorno, disfrutar de las pequeñas cosas...

Finalmente, llegamos a aprender a vivir sin el ser querido, dándole un lugar en nuestro corazón, en nuestro recuerdo, pero permitiéndonos volver a disfrutar de lo que la vida puede ofrecernos.

Permitir a cada persona desarrollar su propio proceso de duelo favorece su salud mental. Apoyarle y reconocer su dolor es la mejor forma de contribuir a una finalización positiva del proceso de duelo.

Mónica Pereira es psicóloga del grupo de emergencias del Colegio Oficial de Psicólogos de Madrid. Para más información: http://montedeoya.homestead.com/duelos.html

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 29 de diciembre de 2010