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Crítica:

Candado en el armario

La carrera del director italiano de origen turco Ferzan Ozpetek se abrió dialogando con las señas de identidad cultural de su país de origen -Hamam, el baño turco (1997), El último harén (1999)- para ir centrándose, progresivamente -El hada ignorante (2001), La ventana de enfrente (2003), No basta una vida (2007)-, en ese pulso contemporáneo con los modos del melodrama que, en registros muy distintos, también libran cineastas como Pedro Almodóvar, Susanne Bier, Isabel Coixet, Lars Von Trier o Lee Chandong. Para sus incondicionales, Tengo algo que deciros, su último trabajo y su mayor punto de aproximación a una medianía limada de aristas para el público mayoritario, será un inesperado jarro de agua fría.

TENGO ALGO QUE DECIROS

Dirección: Ferzan Ozpetek. Intérpretes: Riccardo Scamarcio, Ennio Fantastichini, Nicole Grimaudo.

Género: comedia. Italia, 2010. Duración: 110 minutos.

El concepto de la familia por elección recorría la filmografía del cineasta que, aquí, decide colocar a su protagonista en el centro mismo de una familia biológica entendida como infierno y claustrofobia. Ozpetek recurre a una mezcla, a ratos eficaz, de vodevil petardo y ecos de vieja comedia a la italiana para contar las desdichas de un joven heredero, cuya salida del armario se frustra cuando, en una reunión familiar, su hermano se adelanta con el desestabilizador anuncio de su propia homosexualidad.

Tengo algo que deciros es una de esas películas italianas cuyo falso y acartonado costumbrismo brilla como una fotonovela o un programa televisivo de variedades. Con todo, hay momentos en que la crispada resignación en el rostro Riccardo Scamarcio puede evocar a Nino Manfredi. Y la escena en que el patriarca pasa de la crispada risa al llanto paranoico en la terraza de un café podría ser digna de un sketch de Monstruos de hoy de Dino Risi.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 24 de diciembre de 2010